¿Nos aproximamos a una tormenta perfecta?

ECONOMÍA Por Daniel Artana para Clarin
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Durante la primera mitad del año el Gobierno logró tranquilizar las aguas. Sin duda contribuyó la mejora excepcional en el precio de las commodities que aportó alrededor de US$ 1000 millones por mes a las exportaciones, pero también hubo una moderación fiscal que permitió reducir la emisión monetaria para el gobierno. 

Además, algo del déficit se pudo financiar colocando deuda en el mercado local y parte de la emisión se esterilizó por la vía de Leliqs y pases (en otras palabras, una parte del desequilibrio del Tesoro fue financiado por los depositantes). Menos pesos cazando más dólares explican la “calma” relativa.

Mucho antes de las PASO las cosas cambiaron. El atraso tarifario de principios de año fue seguido de atraso cambiario, pero en lugar de moderar la política fiscal y monetaria para que la devaluación al 1% mensual no fuera grotescamente inconsistente se avanzó en sentido contrario.

La emisión para el fisco que había promediado 40.000 millones de pesos por mes en el primer semestre se multiplicó por seis en el tercer trimestre del año.

Además, el mercado local de deuda parece menos receptivo a continuar aportando fondos nuevos y hay menos espacio para colocar “deuda en los depositantes” porque las entidades financieras ya tienen el 45% de sus activos prestados al Tesoro o vía letras del Banco Central en un contexto en el cual se redujo el plazo promedio de los depósitos. Simultáneamente disminuyó algo el precio de la soja y se complicó la economía brasileña.

Esto impactó en un aumento en la brecha cambiaria y el BCRA perdió una parte importante de los dólares que había ganado en el primer semestre.

El plan fiscal y monetario expansivo que el gobierno adoptó desde mediados de año no fue efectivo para ganar las PASO. Curiosamente, el diagnóstico oficial fue que la dosis no había sido suficiente. Se continuó con las micro devaluaciones a un ritmo del 1% mensual al mismo tiempo que se anunció más déficit y emisión. La frutilla del postre es el congelamiento de algo más de 1600 precios por tres meses. Forzar anclas nominales que no son consistentes con las decisiones monetarias y fiscales siempre resulta en un problema en el futuro.

En ese contexto no debe llamar la atención que el acuerdo con el FMI parezca más lejano. El problema ya no es la falta de programa económico, sino que el programa que el gobierno va mostrando en sus decisiones diarias no cierra.

Pasamos del “no te fijes en lo que digo sino en lo que hago” a preocuparnos cada vez más por lo que hacen, y por tratar de entender cuál es la lógica política de adoptar medidas inconsistentes cuyo costo deberá afrontar el propio gobierno en los meses posteriores a la elección de medio término.

Desde que asumió el gobierno ha puesto el foco en la deuda. Pero la renegociación de la deuda con privados y ahora con el FMI es sólo una parte (mínima) del problema cuando uno tiene un déficit importante antes del pago de intereses.

O se suben los ingresos cosa que el gobierno hizo antes y durante la pandemia, o se reducen los gastos. Con limitaciones evidentes para seguir aumentando impuestos, y con la renuencia ideológica a reducir el gasto que tiene el gobierno no hay muchas opciones: o se aumenta la deuda con el mercado local y los depositantes o se recurre al impuesto inflacionario.

El camino de financiarse con los depositantes a tasas de interés negativas en términos reales se ha ido estrechando. Lo mismo pasa con el mercado de capitales. Queda la inflación. Pero ahí aparece el costo de la herencia: el atraso tarifario pega en el déficit, el atraso cambiario en la posibilidad de acumular reservas y los congelamientos de precios suman más inflación reprimida y diferida para el futuro inmediato.

Todo en un contexto en el cual la demanda real de dinero va reduciéndose luego del salto que tuvo en 2020 por la pandemia. Desde hace varios meses pronosticamos desde FIEL una inflación en 2022 que era similar a la de 2021 (del orden de 50%); ahora debemos preocuparnos por si no subirá uno o dos escalones más.

Los problemas económicos se suman al desorden dentro de la coalición oficialista que podría empeorar si en noviembre se confirma el resultado de las PASO. Sería bueno que luego del 14 de noviembre el gobierno reflexione: No tiene opción a llegar a un acuerdo con el FMI. La ruptura aceleraría el proceso de desmonetización, presionaría la brecha cambiaria y la “tormenta perfecta” estaría a la vuelta de la esquina. Si no hay suerte externa, el ajuste no puede evitarse. La política puede arbitrar para que sea ordenado, o la inflación hará su trabajo en forma inequitativa y desordenada.

No puede pretenderse seriamente que la oposición comparta los costos del ajuste y que los eviten algunos miembros de la coalición gobernante. Es natural esperar que la oposición pretenda que el gobierno avance en las medidas políticamente más costosas como los aumentos tarifarios.

Los dilemas serán menos complejos de resolver con una gestión profesional de la cosa pública.

Con reservas escasas, brecha cambiaria altísima, y casi agotadas las fuentes locales de financiamiento se necesita un mínimo de sentido común para esquivar la tormenta.

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