Las cinco decisiones de Alberto Fernández y Cristina Kirchner que moldearon una pésima “coalición de gobierno”

POLÍTICA Por Marcos Novaro para Tn
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Hay muchos que piensan que el problema con el actual gobierno se reduce, en pocas palabras, a las personas que lo integran: son dos malos dirigentes políticos, encima ególatras, es decir, con capacidades mucho menores a las que se atribuyen. Otros agregan la consideración de las malas ideas y peores políticas que vienen implementando. Para explicar por qué le ha ido tan mal al Frente de Todos, en la gestión de prácticamente todos los problemas que intentaron resolver, ¿alcanza con eso? 

Es sin duda parte importante de la cuestión, pero no habría que pasar por alto otro aspecto importante: el modo de funcionamiento que adoptó el Frente de Todos, su dinámica como “coalición de gobierno”. Advirtiendo, para empezar, que esto de que sea en serio una coalición es bastante discutible: reúne bajo un mismo techo no a partidos distintos sino a facciones por largo tiempo divorciadas del mismo partido.

Pero para lo que nos interesa esa es una cuestión menor, lo decisivo es que su dinámica y procedimientos para tomar decisiones, resolver conflictos y generar confianza entre sus integrantes han sido muy malos. Causaron problemas extra o agravaron los preexistentes. Y prestarle atención a este aspecto institucional y organizativo es importante. Ante todo, porque no es la primera vez que sucede: ya otras coaliciones, en el pasado reciente, funcionaron bastante mal en la gestión de gobierno (fue el caso de la Alianza, y también de Cambiemos), es decir que venimos repitiendo errores, con protagonistas distintos.

Y segundo, porque estamos condenados a que nos sigan gobernando coaliciones, debido a la dispersión del voto y la multiplicación de partidos con peso electoral, territorial y legislativo en nuestro sistema político. Así que, de no aprender de la experiencia, es probable que sigamos teniendo gobiernos entre malos y horribles. Aunque sigamos ensayando con distintos protagonistas e ideas.

¿Cuáles fueron entonces los errores de diseño del gobierno del FdeT? ¿En qué medida repiten experiencias previas? ¿Qué podemos y debemos aprender de ellos? Veamos.

En primer lugar, fue un error gravísimo confiar en las buenas migas entre los líderes de las distintas facciones y corrientes que le dieron origen. Alberto se cansó de repetirlo, como si fuera una idea genial: “es mi amiga, nunca me voy a volver a pelear con ella”. Hablaba de Cristina, claro, la misma que ha venido bombardeándolo con cartas cada vez más destructivas y envenenadas. Una tontería reverenda la del actual presidente, a la que ya no puede recurrir, a riesgo de volverse un hazmerreir aún peor del que ya es, y de la que debió desconfiar desde el principio, cuando le parecía una buena idea.
Claro que las coaliciones necesitan cierto affectio societatis, pero por su naturaleza y sus fines necesitan uno que esté basado en objetivos comunes claramente establecidos y reglas de juego bien definidas, que fortalezcan la confianza entre sus integrantes, no tanto personal como institucionalmente, entre los partidos y demás grupos que las integren. Nada de eso hubo en el FdeT, y convengamos tampoco fue muy abundante que digamos ni en la Alianza ni en Cambiemos.

Segundo, el FdeT dividió y descompuso la autoridad, en vez de coordinarla: la división primaria establecida entre un ejecutivo mayormente controlado por albertistas y un legislativo dominado por kirchneristas equivalió a sacar un pasaje seguro al desastre.
Ya de por sí nuestro sistema institucional es poco propenso a la coordinación, tiende a inclinarse más bien al bloqueo. Si encima los grupos coaligados en apoyo a una gestión se dividen el poder siguiendo las líneas que favorecen el recurso a dichos bloqueos, se los está invitando a jugar esas cartas apenas surjan dificultades. No es otra cosa lo que está sucediendo, para dar solo un ejemplo, en torno al debate del presupuesto del año próximo: Máximo y Cristina tienden a comportarse como jefes legislativos que defienden sus credenciales “distributivas” de las pretensiones pragmáticas de Hacienda de imponer un mínimo ajuste en las cuentas públicas. El resultado está a la vista: cruces públicos y una incertidumbre mayúscula sobre lo que puede terminar resultando de semejante juego.

Agreguemos que cuando la facción o fuerza dominante de una coalición intenta resolver los problemas de este tipo ganando terreno a costa de los demás, como ha venido haciendo Cristina desde el comienzo de la gestión de Alberto, las tensiones pueden agravarse en vez de resolverse. Porque es más bien difícil que la solución sea compatible con la supervivencia de los perjudicados, que además de perder posiciones son señalados como causales de la desgracia colectiva.

Tercero, y empeorando lo anterior, lotizar la administración. Es decir, poblar las segundas y terceras líneas de los ministerios de funcionarios que responden a jefes políticos diversos, y distintos a sus jefes formales en la administración. Es una pésima costumbre, originada en la pretensión de los líderes de las coaliciones de tener gente confiable en todos lados, para no dejar de participar de ninguna mesa donde se reparta dinero público, o se tomen decisiones por otros motivos importantes.
Esto ya se vivió, y tuvo efectos nocivos, durante la gestión de Cambiemos. El FdeT llevó al extremo el vicio, pues es una tradición largamente cultivada por sus integrantes poblar la administración de acólitos y atornillarlos a los cargos, en todos los niveles posibles. Y a medida que la competencia entre sus facciones internas se volvió más y más intensa, volvió un incordio tomar decisiones, y más todavía tratar de hacerlas efectivas. Algunos de los episodios más risueños de este tenor los protagonizó Guzmán, con sus frustrados intentos para que algunos de sus secretarios le hicieran caso, o para reemplazarlos. También en ocasiones la propia Cristina ha metido personalmente la cuchara, para poner contra las cuerdas a ministros “albertistas”, respaldando a subalternos de los mismos que le responden solo a ella.

Cuarto: es también una mala idea para las coaliciones pretender bloquear la competencia interna; suele conducir a un faccionalismo aún mayor, y más descontrolado. Si hay un caso que ilustra estos problemas es el del Frente de Todos.
Cuando los beneficios alcanzan para todos, incluso para los menos favorecidos en la repartija, como sucedió en 2019 a una dirigencia peronista que hasta poco antes ni soñaba en volver pronto a ejercer el gobierno nacional, este tipo de problemas puede pasar desapercibido y ser subestimado. Pero solo por un tiempo, hasta que la repartija ya no deja más o menos conforme a todo el mundo, y encima es mucho más difícil ponerse de acuerdo en reglas de distribución, criterios para premiar o castigar, compensar y acotar privilegios.

Es lo que le sucedió al oficialismo en estas elecciones: cerró la competencia interna, queriendo repetir la fórmula de dos años atrás en un contexto diametralmente distinto, y se generó infinitos problemas, desalentó la cooperación de los relegados, alimentó los reproches cruzados y terminó en el peor de los mundos, una situación en que no hay acuerdo posible sobre “quién perdió”, mucho menos por lo tanto sobre cómo corregir el rumbo y recomponer la autoridad y la cooperación interna.

Quinto, es también una pésima idea no prever en el momento de formar una coalición al menos algunos mecanismos para resolver la sucesión, cuestión clave para mantener viva a lo largo del tiempo la cooperación entre los aliados.
Los casos de coaliciones exitosas, sobre todo bajo regímenes presidencialistas, en general han contado con algún recaudo de este tipo: es lo que se proveyeron los partidos chilenos de la Concertación, o los liberales y conservadores colombianos a mediados del siglo pasado, y los integrantes del Frente Amplio uruguayo.

En cambio, los experimentos locales no han sabido cómo anticiparse a ese desafío, y eso es especialmente grave en el caso del FdeT debido a que para muchos de sus integrantes hablar de sucesión es directamente un insulto, y para todos los de mayor peso es igualmente una tarea imposible, debido a que consisten en grupos informales, facciones difusamente organizadas del peronismo, no partidos cuyos liderazgos y aporte al capital político compartido puedan más o menos regularse y medirse.

De allí que el actual oficialismo no solo haya perdido aceleradamente cohesión a medida que su panorama y sus perspectivas electorales se fueron complicando. Sino que se pueda poner seriamente en duda que vaya a sobrevivir a los dos años que le quedan de mandato.

Algo muy distinto a lo que sucedió con Cambiemos. Cuya conversión en “Juntos por el Cambio”, y tal vez en el futuro simplemente “Juntos”, no es que haya resuelto este asunto. Pero al menos cuentan allí con la base que ofrece una composición interpartidaria, mejor preparada para lidiar con él a través de las PASO, y de otros mecanismos que sea capaz de proveerse. Para eso, por suerte para ella, tiene todavía tiempo.

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