La resignación del Gobierno y ¿el fin de una etapa del peronismo?

POLÍTICA Por Walter Schmidt para Clarin
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Desde la crisis de 2001 no se da una situación en la que funcionarios, legisladores, dirigentes políticos y sindicales, empresarios, comerciantes, ciudadanos comunes carguen con la misma duda. ¿Qué va a pasar el día después de las elecciones? Nadie lo sabe. En tren de alimentar el desasosiego generalizado, todos los escenarios parecen factibles: pega un portazo Alberto Fernández; rompe Cristina Kirchner; se quedan los dos pero protagonizan una interna feroz; se mantienen unidos pero siguen como hasta ahora, lo cual no soluciona el enorme problema económico y político; prima la racionalidad, se elabora un plan lógico y se estabilizan las variables macroeconómicas. 

“Esta elección ya está jugada pero la gente ya amortizó la derrota electoral del Gobierno. La oposición va a querer cobrar en efectivo su triunfo, va a buscar que nos queden marcas; no es una denuncia de golpe blando ni nada por el estilo, es lo que debería hacer cualquier oposición”, describe, resignado, un ministro relevante del gabinete de Alberto Fernández. En la Casa Rosada dan por descontado un triunfo de Juntos por el Cambio y creen que el electorado ya asimiló esa situación, al igual que el Poder Ejecutivo y la alianza gobernante. Un derroche de optimismo.

En el albertismo se aferran a la esperanza de recortar la ventaja que les sacó Juntos por el Cambio, al menos en algunas provincias. Sin embargo, no registran la posibilidad de que el Frente de Todos pierda las elecciones por una mayor ventaja. Sería una catástrofe.

En algunos despachos gubernamentales predican la existencia de cierta “conciencia” de Cristina y de Alberto de que es necesario mantener la unidad de la coalición gobernante. Y juran, que ya está acordado que no rodará la cabeza del ministro de Economía, Martín Guzmán, después del 14 de noviembre. Claro, está por delante la negociación con el FMI y sería grave que remuevan al funcionario que mantiene las conversaciones con Kristalina Georgieva y el staff del organismo. De todas maneras, saben que “habrá mucho ruido” con el gabinete y que funcionarios como Matías Kulfas, serían difíciles de sostener si Cristina pide fusibles.

Paradójicamente, es primordial para los oficialistas la diferencia por la que creen que perderán los comicios y cuántos senadores de menos tendrían a partir de diciembre. Si la derrota se acrecienta respecto de las PASO, tomaría forma la idea de Cristina de avanzar sobre el gabinete nacional a como dé lugar; pero en cambio si la distancia con la oposición se achica, Alberto lo evaluará como una buena señal, y querrá mantener el mismo esquema, sin cambios en el elenco ministerial. En cualquier instancia, los roces parecen inevitables.

“Los cambios van a ser un resultado de un acuerdo, no de una carta. Cristina tiene el registro de que no hay margen para tironear”, asegura un funcionario.

Los datos sobre los que se recuesta el Gobierno, como los de Julio Aurelio, estarían registrando que el recorte de la desventaja en la Provincia por parte del Frente de Todos sería ínfimo, y que podría darse en la primera sección electoral del Conurbano bonaerense. Apenas unos miles de votos. Otros trabajos, que anticiparon el traspié del 12 de setiembre, marcan un acercamiento del kirchnerismo, pero no por mérito propio sino por un aumento del voto en blanco y algunos votos que ganan otras opciones opositoras.

Las alarmas se encienden cuando los análisis en la propia tropa indican que la debacle del peronismo trascendería esta elección de medio término e interpretan que el trasfondo es más complejo. “Estamos siendo testigos del final del peronismo tal como se lo conocía hasta ahora. Y al peronismo le va a costar restablecerse mucho más de lo que le costó a la UCR después de la crisis de la Alianza tras la ida de Chacho Álvarez y el fin de De la Rúa”, aseguró un histórico dirigente peronista bonaerense que supo nadar en mucho poder a la sombra de Carlos Menem y Eduardo Duhalde.

Otros síntomas van en ese rumbo. Que Hugo Moyano haya vuelto a la CGT para integrar -a través de Pablo Moyano- un triunvirato junto a Héctor Daer y Carlos Acuña, es un movimiento más de debilidad o atrincheramiento que de fortaleza. Una forma de graficar que los tiempos por venir serán complejos, o que alguien irá por ellos. ¿Cristina? ¿La Cámpora? Un poder sindical devaluado en un país con casi el 40% de los trabajadores en negro, y otros tantos que pese a tener un empleo en el sector privado y siendo único sostén de familia son pobres porque su salario no alcanza a cubrir la canasta básica que es de más de $64 mil.

La puesta en marcha del aparato clientelístico más poderoso durante casi dos meses y la imposibilidad de revertir cinco puntos de diferencia en territorio bonaerense pese a una enorme cantidad de ciudadanos que no fueron a votar, muestran que algo cambió: el peronismo dejó de ser la máquina electoral arrolladora y representa un tercio del electorado al igual que Juntos por el Cambio. La pandemia desnudó todas las carencias y las profundizó. Hoy el electorado reclama otra cosa, pero no lo ven. “Cuando la gente le pica el boleto a alguien, no hay vuelta atrás, por más que inventes una lluvia de dinero desde el cielo; y este gobierno lo tiene picado”, argumenta un dirigente bonaerense.

La oposición sabe que el tránsito hasta el 2023 será pedregoso para el Gobierno. No quieren caer en la trampa de co-gobernar ni quedar como golpistas. “Creo que hay que dejar que gobiernen solos, sin meter palos en la rueda, pero sin ser cómplices de nada”, reflexiona un legislador de JxC. Por eso algunos ya desandaron el camino de reclamar la presidencia de la Cámara de Diputados: no quieren tener semejante responsabilidad en esta etapa.

Un horizonte con algunos nubarrones provocó que haya quienes comiencen a pensar de aquí a dos años y cómo mantener viva la llama de un eventual triunfo el domingo próximo. Dirigentes peronistas opositores proponen una gran interna, previa a las PASO, en la que el PRO, la UCR, la Coalición Cívica, y el Peronismo Republicano presenten un postulante presidencial. El que gana será el candidato presidencial opositor, el segundo su vice y el tercero, Jefe de Gabinete. “De esa manera, todos quedarán con los pies dentro del plato”, argumentan.

La incertidumbre pos electoral arrecia. Todos coinciden en la necesidad de una hoja de ruta o un plan económico como prefieren llamarlo en el FMI y el gobierno estadounidense. Pero es un misterio si finalmente se ajustará a lo que pregona Guzmán o el gobierno se radicalizará a tono con la particular gestión de Roberto Feletti, que aumenta los controles y, en un absurdo, hace aumentar la inflación.

Hay plena coincidencia acerca de que un ajuste es inevitable, habida cuenta que por más permisividad que despliegue el Fondo en un eventual acuerdo, exigirá –como también lo ha reclamado Washington, un programa con metas y también límites. Distintos economistas señalan en privado que en la próxima etapa será necesario “nombres” más que medidas, es decir, un equipo económico creíble.

Si bien el de Domingo Cavallo no ha circulado en ningún ámbito, el ex ministro sí tiene una clara visión de qué es lo que habría que hacer en un contexto como éste. La semana pasada, en sus oficinas de la calle Tagle, Cavallo describió que la situación actual necesita de una convertibilidad o de una dolarización no necesariamente 1 a 1. Que no es problema la falta de dólares, porque se pueden conseguir. Pero también dejó en claro que hace falta un Jorge Remes Lenicov para afrontar este momento. Es decir, alguien que se anime a llevar adelante una devaluación y un ajuste profundo durante unos meses, para comenzar el despegue. ¿Tiene margen el debilitado gobierno de Alberto y Cristina?

Remes suele argumentar que las dos veces que creció el país fue con un acuerdo político amplio, para tomar medidas de shock: en 1989 después de la hiperinflación, el país creció de 1991 a 1998. Y luego el acuerdo fue entre Eduardo Duhalde y Raúl Alfonsín, lo que permitió salir de la crisis de 2001. El problema es que en lugar de Duhalde, hoy está Cristina; y en el de Alfonsín, una heterogénea mesa de dirigentes opositores que va desde Mauricio Macri hasta Facundo Manes, pasando por Horacio Rodríguez Larreta, Alfredo Cornejo, Martín Lousteau, Patricia Bullrich, Elisa Carrió y Miguel Ángel Pichetto.

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