El crimen del kiosquero: en vez de hablar, ¿por qué no evitan que maten?

POLÍTICA Por Ricardo Roa para Clarin
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Fue al mediodía que mataron al kiosquero Roberto, no de uno sino de todos los balazos que quisieron, a unas pocas cuadras de una comisaría. Pasaron por cámaras de seguridad, tuvieron tiempo para cambiarse de ropa en un súper debajo de otra cámara, robaron un remís mientras a un patrullero había que empujarlo a mano. Y hay quienes pretenden hacer pasar todo esto por normal. 

El asesino parece querer culpar a todos con su suicidio si le dan perpetua. La víctima es él, los victimarios los demás. Escuela del ex juez de la Corte Zaffaroni que sigue haciendo escuela. Había cumplido una condena y un mes atrás fue detenido por un intento de robo. Lo soltaron el mismo día.

El gobernador Kicillof, ante esta otra repetición fatal de matar y robar, nos informa que la “inseguridad es crítica en la Provincia hace muchos años”. Entonces no hay problema, dejemos que sigan matando y robando.

El ministro de inseguridad Aníbal Fernández lo sigue. Dice: esto pasa “en todos los lugares del mundo”. El tema es que pasa aquí, Fernández, y que la gente estalla de bronca y manifiesta y que antes de que la Policía le descargue gases, un par de motochorros hacen su trabajo a pocas cuadras.

Los funcionarios comentan y la Policía ya no disuade a casi nadie, por no decir a nadie. Horas antes, asaltan un comercio en La Plata, a metros de la gobernación, la zona más vigilada. Hay más. Berni, que reservó pista de salida, dice que no es un problema policial. OK. ¿Qué tipo de problema es? Y Espinoza, el intendente, publica en Instagram: “Seguimos desplegando operativos para cuidar a nuestras vecinas y vecinos... tenemos la inversión más importante de la historia en seguridad”. No se nota. Termina como lo indica el tutorial de campaña del catalán Rubí: “Sí a la seguridad. Sí a la prevención”. Ni una sola línea para recordar a Roberto, el vecino asesinado.

En la persiana baja del quiosco pegan este cartel: “A Roberto lo mató el Estado ausente”. ¿Sensación de impunidad? No, realidad de impunidad. Pero la culpa es de la oposición que aprovecha cosas viejas y que pasan en todo el mundo para robarse votos justo ahora.

No hay brújula, y si la hubiera sería inútil: no hay timón. Tampoco timonel. En lugar del timón, prefieren el micrófono. “Queremos que Córdoba de una vez por todas se integre al país, sea parte de la Argentina”, acaba increíblemente de decir el presidente de la Argentina. ¿Será menos Argentina, por ejemplo, que el activista violento Jones Huala, que su embajador y ex canciller fue a defender ante tribunales extranjeros?

Con lo de Córdoba, Fernández inaugura la temporada de verano de metidas diarias de pata. Tiene un micrófono en la mano y siente que todo el país es alumno de sus clases magistrales. Nosotros venimos de los barcos, los mexicanos de los indios, los brasileños de la selva. ¿De dónde vendrán estos cordobeses que ni puerto tienen? No importa. No están integrados, pero la vocera Cerruti dice que Fernández los ama. El problema no es ese sino que en Córdoba no aman a Fernández.

Ramos Mejía es mucho más que una justificada, indignada protesta que voltea caretas políticas y las vuelve cada vez más inservibles para seguir usándolas como si nada, por eso de que el crimen es viejo y universal. Es el velorio popular de un muerto convertido en muerto de todos, asesinado por la bala multiplicada de un criminal y un inexplicable gatillo fácil político, dispuesto a terminar con todo resto de sentido común. 

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