Luis Juez, el candidato eterno de su “cooperativa de soñadores”

OPINIÓN Por Juan Manuel González*
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Somos una cooperativa de soñadores”. Elección tras elección, Luis Juez insiste con definir a su proyecto político como una mutual de intangibles. Usó esta metáfora por primera vez en 2003, cuando rompió con el partido que lo cobijaba, el peronismo, para fundar uno propio, el Partido Nuevo, y hacer estallar el bipartidismo. La repitió el domingo a la noche, empapado en los festejos del triunfo de Juntos por el Cambio, el arca con la que pretende llegar al Centro Cívico en 2023.

Pasó por casi todas las variantes ideológicas posibles: defendió las políticas económicas de Cavallo, fue soldado de Carlos Menem; militó para José Manuel de la Sota y fue candidato de Juan Schiaretti; llevó a “Kirchner en el corazón”; se hizo progresista y socialista, socio de Hermes Binner y de Pino Solanas. Cuando el progresismo naufragó, se puso camisa celeste y saco azul para asociarse con Mauricio Macri y Patricia Bullrich. Hizo un impasse para aliarse a Olga Riutort y enfrentar a Cambiemos en la ciudad de Córdoba. Ahora, rápido de reflejos, se viste como Horacio Rodríguez Larreta: de remera negra con cuello a la base.

En ese serpenteante camino ideológico, quizá la única coherencia haya sido el empecinamiento de Juez en acordar con el radicalismo: compartió cuotas de la “cooperativa de soñadores” con la tropa de Rubén Martín en 2003 –Carlos Rossi y Guillermo Marianacci, entre otros, fueron parte del primer juecismo–.En 2007 llevó como candidato a vicegobernador Antonio Rins y como socios a los “intendentes J”; en 2009, como un gesto de conciliación, entró a la Casa Radical para comenzar a negociar una coalición que finalmente naufragó por las desconfianzas cruzadas entre radicales: la victoria pírrica de Juez ese año facilitó la llegada de Ramón Mestre a la Municipalidad, dos años después.


Los experimentos de Juez fracasaron en los años siguientes, el único período que transitó sin radicales. Tras la irrupción del PRO, leyó el nuevo humor social y fue jefe de campaña de Oscar Aguad y Baldassi en 2015; y, en alianza con Mario Negri, enfrentó a De Loredo en 2019, su flamante socio.

UNA ESTRUCTURA MINIMALISTA
En este tránsito, Juez fue dejando dirigentes en la banquina y perdiendo estructura. “Juez te ofrece terrenos en la Luna”, dice un dirigente no está más con él. “Si no te doblegás, te convertís en su enemigo”, agrega otro que fue, también, uno de sus formadores. “El juecismo es Luis y nadie más”, insiste un tercero.

Juez llegó a la Municipalidad de Córdoba con el mayor caudal de votos desde el 83; contó con un bloque propio de legisladores provinciales y vocales en los tribunales de Cuentas; un escaño en el Ersep; y una representación en Diputados y Senadores. Hoy sostiene dos bancas en el Tribunal de Cuentas de la ciudad, dos bancas en el Concejo Deliberante, una representación en el Ersep y su banca en la Cámara. Además de la sangría de dirigentes, los que siguen en cargos son intrascendentes para la política por estar bajo la sombra de Juez.


Quizá por esto una de las dudas es si, además de candidato, podrá maniobrar el timón de esa arca en la que está montado, y a la que aún le faltan subir algunos ejemplares: entre ellos, a los exponentes del “círculo rojo” cordobés, que hasta ahora lo ven/vieron con desconfianza. A la elección de 2007, su momento de mayor fortaleza electoral, Juez llegó con un discurso que despreciaba a quienes vivían en countries o manejaban 4x4, tratándolos de “garcas”. El disparo hacia los integrantes del ABC1 local era directo.

“Aburguesado”, según su propia definición, ahora él vive en un country y los socios de la Bolsa de Comercio parecen haberlo bendecido luego de que aceptara que expertos de esta cámara lo asesoraran en su nuevo paso por la Cámara Baja, el trampolín con el que espera arrojarse hacia el 2023.

Aunque Juez dice que los años lo han templado y que está aprendiendo a controlar su lengua, siempre filosa, en varios tramos de la campaña insultó a sus oponentes y fue grosero en sus expresiones. Dijo que lo iba a “cagar” a trompadas al Presidente; y pidió “que prueben” los penes de madera con los vacunados VIP, “así le dan el uso que corresponde”. En su entorno admiten ese rasgo discursivo, pero aseguran que “ahora Luis está perceptivo de escuchar las advertencias cuando se va al pasto y corregir”.

Coinciden ex y actuales laderos que el Juez más fructífero desde lo político fue el “progre”, aquel que no dudó en traer médicos cubanos y alfabetizadores venezolanos a Córdoba, el que puso a Norma Morandini como candidata a vicepresidenta de Binner, el que le dio bancas en la Legislatura a dirigentes sociales y del socialismo, como Marta Juárez o Luciana Echeverría. El Juez aliado de los sindicalistas Rubén Daniele y Santiago Clavijo. Una gruesa columna con volumen ideológico pero pocos votos, que lo abandonó cuando Juez, siguiendo los pasos de Elisa Carrió, dejó Unen y huyó hacia el liberalismo para aliarse con el PRO.

DERROTA, ERRORES Y PAPELÓN

En 2007, cuando quedó a un puñados de votos de ser gobernador y denunció un fraude electoral que no pudo demostrar en la Justicia, fue el progresismo el que lo sostuvo: en marchas multitudinarias en las que se exigía que “abran las urnas”, iban junto a él Pino, Aníbal Ibarra y otros referentes de la “Transversalidad”, la pata progre del kirchnerismo apadrinada por Alberto Fernández.

Envalentonado por la muchedumbre, cometió un error que le costaría muchos años enmendar: eligió no ser candidato a legislador nacional ese año, cuando su popularidad llegaba al techo de las mediciones, frente a un Juan Schiaretti ganador, pero debilitado en lo político. Dos años después, el radicalismo había resucitado y le ganaba al juecismo el tramo a Diputados; con Juez sosteniendo el de senadores por unos pocos puntos frente al concejal Mestre.

Su bastión, la ciudad de Córdoba, lo rechazaría para intendente en 2015 y en 2019. Nadie en su círculo cercano sabe por qué Juez decidió aliarse con Riutort: no hubo explicaciones. Sí reconocen que de haber aceptado el acuerdo que le proponía Tomás Méndez e impulsado Méndez–Juan Pablo Quinteros, habrían impedido la reelección de Mestre, a quien había denunciado por haber recibido dádivas de Ersa.

Tras su peor resultado, cuando quedó cuarto, sus opositores corrían a la Anses para jubilarlo, Mauricio Macri lo rescataría designándolo embajador en Ecuador, de donde debió huir en medio de un papelón: había tratado de “mugrientos” a los ecuatorianos. “Van a decir este mugriento agarró hábitos ecuatorianos”, dijo y el gobierno de ese país pidió su cabeza.

En 2019 fue distinto. Al menos, eso creen en el juecismo: “A Luis lo llamaron para ser candidato de Cambiemos y cuando llegó se enteró que el radicalismo se iba del acuerdo”. Los hechos demuestran que radicales, macristas y juecistas jugaron para favorecer el triunfo de Juan Schiaretti.

Con De Loredo se aliaron sobre la hora, cuando Mario Negri sostuvo a Gustavo Santos como su uno en la lista de Diputados. El radical, en el cierre de campaña, dijo en dos oportunidades que en 2023 deben recuperar la provincia. Llamativamente no mencionó la ciudad, que es donde Juez ubica a su socio en el futuro mediato.

Único dueño de su partido, “anda sin mochilas y negocia sólo por él”, característica que lo hace tan poderoso como débil: puede fracturar toda la oposición si no le dan lo único que le interesa: ser el principal candidato de “la cooperativa de soñadores” a la que están volviendo muchos de quienes lo abandonaron, como Gabriel Bermúdez, el exsecretario de Transporte de la Nación, por citar un ejemplo.

*Para La Voz del Interior

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