Las seis caras que mostró Alberto Fernández en sólo dos años

POLÍTICA Por Eduardo van der Kooy para Clarin
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No ha existido desde 1983 –tampoco antes, que se recuerde- ningún presidente en la Argentina capaz de ofrecer, como Alberto Fernández, tantas transfiguraciones políticas. Hablaría, sin dudas, de su plasticidad. También de una permeabilidad llamativa en sus formas de pensar y proceder. 

Un problema vertebral para el ejercicio del poder, donde la confianza y la previsibilidad resultan insumos indispensables para el norte de cualquier sociedad. Tantos vaivenes explicarían la depreciación de la figura presidencial, reflejada por la unanimidad de las encuestas.

Alberto debutó como lo había prometido en la campaña. Un dirigente en la búsqueda de consensos que acicateó el miedo derramado en marzo del 2020 por la irrupción de la trágica pandemia. Esa composición se mantuvo hasta el primer pleito de envergadura con Cristina Fernández. Sucedió en septiembre del mismo año cuando, por la necesidad de socorrer con fondos a Axel Kicillof en Buenos Aires, dinamitó su vínculo con Horacio Rodríguez Larreta, el jefe porteño de la Ciudad. Le arrebató, de mala forma, un porcentaje de la coparticipación.

A partir de ese momento se calzó la indumentaria kirchnerista. Así se conservó hasta la derrota del 12 de septiembre en las PASO. Esa noche amagó con producir un viraje: aseguró que había escuchado el mensaje del 70% de la población que optó por ofertas distintas a la del oficialismo.

Al poco tiempo retomó la senda anterior. Hizo cambios en el gabinete impuestos por Cristina. Recurrió a una estrategia compulsivamente distributiva, el llamado “plan platita”, pergeñado por el Instituto Patria, Kicillof y el diputado Máximo Kirchner. Su preferido, Martín Guzmán, el ministro de Economía, fue reducido a simple espectador.

En las legislativas del último domingo consiguió un progreso: esta vez el rechazo general al Gobierno se redujo al 67%. Con evidencia, el dinero no pareció el único resarcimiento que estaba aguardando la sociedad.

Pruebas a la vista. El Gobierno destinó $ 4.600 millones de ayuda extraordinaria a Buenos Aires. Rescató 460.000 sufragios más que le permitieron decorar con dignidad la derrota en el bastión histórico del peronismo y el kirchnerismo. Es la quinta derrota que acumula en el principal distrito electoral en doce años.

Con la misma lógica ayudó a Santa Fe con $ 900 millones. Perdió por 8 puntos ante una debutante política –Carolina Losada—con una lista en la cual el gobernador de la provincia, Omar Perotti, se anotó como candidato a senador suplente.

​Un beneficio de $ 500 millones recibió Santa Cruz, la cuna política del matrimonio y la familia Kirchner. Gobierna Alicia, la hermana de Néstor y cuñada de Cristina. El kirchnerismo quedó tercero por primera vez en 30 años. Detrás de la radical Roxana Reyes y del sindicalista petrolero, Claudio Vidal.

La noche de la segunda derrota en 60 días el Presidente hizo otro par de transfiguraciones en solo cuatro horas. Poco después de cerrado el comicio apareció con un mensaje por televisión, grabado en Olivos. Delante de una escenografía institucional. La bandera argentina a sus espaldas. Su aspecto impecable. Un tono de voz apagado, monocorde. Prometió convocar a un acuerdo nacional. Aunque dejó escapar fragmentos de campaña.

Al rato, con trazo personal desvencijado, se subió a la tarima en la sede armada por el Frente de Todos para formalizar el cierre de la jornada electoral. Destapó una euforia difícil de entender. Cambió aquel mensaje formal de horas antes por una arenga con remate sorprendente: convocó para este miércoles con motivo del Día de la Militancia (su origen se remonta al primer regreso de Juan Domingo Perón en noviembre de 1972) a una concentración en la Plaza de Mayo para celebrar el “triunfo electoral”. Para que no haya confusiones: los cómputos oficiales indican que Juntos por el Cambio obtuvo a nivel nacional el 42.18% de los votos contra 33.87% del Frente de Todos.

Metamorfosis

Compilando el derrotero de estos dos años en el poder, aún no cumplidos, el Presidente se ha presentado ante la sociedad con seis versiones diferentes. ¿Podría haber otra a partir del acto de hoy? Respetando la cronología informativa, puede decirse que la decisión de realizarlo fue anterior a los comicios del domingo. Pero su formato estaba en el aire. Empezó a tomar cuerpo luego que el Gobierno comprobó que la derrota no había sido paliza en Buenos Aires. También un síntoma de la deformación que invade en estos tiempos a kirchneristas y peronistas. Pareciera que la coalición de gobierno habría extraviado su sentido nacional. ¿No importan las otras 14 provincias en las que claudicó?

El Presidente tomó prevenciones antes de la derrota para no ser sorprendido, como le sucedió luego de las PASO, por alguna maniobra de la vicepresidenta. Logró que la Confederación General del Trabajo (CGT) se alineara junto a él. Con la unidad sellada de antemano con Hugo Moyano, el jefe camionero. Consiguió el respaldo de los movimientos sociales. Abrió un diálogo con empresarios de empresas extranjeras. Se ocupó de ratificar, en medio de la derrota, a Guzmán. Avaló sus conversaciones con el Fondo Monetario Internacional.

Con esos recaudos se animó a planificar la movilización a la cual, luego de anunciada, se añadió el apoyo público de Cristina y la asistencia de La Cámpora. Hay allí un reino inconfundible de desconfianza. Vale recordar. La organización que lidera Máximo K no intervino en el cierre de la campaña en Merlo. El diputado se negó a subir al estrado donde, muda, permaneció su madre. A Máximo se lo observó incómodo el domingo por la noche, con las manos entrelazadas a la altura de la pelvis, sin aplaudir, cuando el Presidente eufórico comentaba a los asistentes como victoria lo que había sido una dura caída electoral.

El malestar de Máximo viene por acumulación de capas, desde un episodio que marcó la campaña. La divulgación de la foto del Olivosgate. La celebración del cumpleaños de la primera dama, Fabiola Yáñez, en Olivos, cuando en julio del 2020 imperaba el tramo más severo de la cuarentena a la raíz de la pandemia. Se sumaron sus diferencias con la política económica, que nunca desaparecieron. Ni siquiera con el “plan platita”. Pudo haber tenido un anabólico el mismo domingo por la noche, cuando en el búnker de Chacarita tuvo un fugaz intercambio con Alberto.

“¿Por qué no hablamos un poco del acto del miércoles?”, planteó el hijo de la vicepresidenta. “Cuando quieras”, contestó Alberto. “Pero ahora lo voy a anunciar”, anotició. Máximo hubiera preferido, quizás, otra cosa. Pero ocurrió así. Y así transcurre la vida en la coalición oficial dispuesta a todo: hasta celebrar una derrota.

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