Acuerdo con el FMI, déficit y tarifas: procrastinar tiene altos costos

ECONOMÍA Por Daniel Artana para Iprofesional
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Desde que asumió en diciembre de 2019, el gobierno del presidente Alberto Fernández sabía que había vencimientos de capital con el Fondo Monetario Internacional del orden de u$s18.000 millones en 2022 y 2023, y que no iba a ser posible refinanciarlos en el mercado internacional de capitales. 

El Gobierno sostuvo desde el comienzo que la deuda con el sector privado no podía pagarse y que la tasa de 6,7% en dólares era alta. Avanzó, así, en la restructuración suponiendo que la tasa post restructuración sería, en el escenario más optimista, cercana al 10%. Es evidente que no podía emitir deuda nueva a esas tasas, a riesgo de contradecir su posición inicial. Y, luego, la realidad fue mucho peor con el riesgo país creciendo a cada momento.

En lugar de aprovechar la primera parte de este año para cerrar el acuerdo con el FMI, se optó por procrastinar, sin que haya mucha explicación para justificar tal demora, más allá de las que tienen que ver con las internas de la coalición gobernante. En el primer semestre del año la economía empezó a disfrutar del salto en el precio de la soja, se redujo el gasto público en moneda constante y el BCRA ganaba reservas. Era la oportunidad para cumplir con lo previsto en el Presupuesto en materia tarifaria (aumentos para todo el año de 30 a 35% en lugar del 9% de febrero) y terminar de cerrar las cuentas. Nótese que partiendo de un déficit primario de 0,5% del PIB en 2019, las subas de impuestos pre-pandemia hubieran permitido eliminar el déficit primario en 2022 o, a más tardar, en 2023, si el gasto volvía a los niveles de aquel año medido en moneda constante.

Pero el error de pensar que las elecciones se ganan a fuerza de populismo complicó severamente las cosas. Se pisaron tarifas, tipo de cambio, precios y se aumentó el gasto. El déficit voló y se agravó la distorsión de precios relativos. En alguna medida se pasó inflación del año 2021 al 2022. Así y todo, el Gobierno perdió las elecciones por un margen apreciable.

Ahora, la solución es más compleja para Alberto Fernández. Las consecuencias del "plan urna" son claras. Se necesitará una mayor reducción del déficit que antes, habrá que revertir el atraso en el tipo de cambio real de los últimos meses y, además, el BCRA deberá recuperar más reservas ya que perdió muchas al intentar controlar la brecha cambiaria.

Esto se suma a los problemas que ya existían. Parte del déficit se ha financiado colocando "bonos" a los depositantes vía las Leliqs y los pases que el BCRA coloca en las entidades financieras. Pero hay claros límites a esa estrategia cuando ya la exposición al sector público representa el 45% de los activos de los bancos. Y aún cuando las tarifas hubieran aumentado un 35%, se corría de atrás en un mundo con precios de la energía volando (en particular, el precio del gas licuado).

Leyendo entre líneas los comunicados del FMI se puede confirmar que hay más diferencia entre las partes que antes. Se destaca la necesidad de bajar el déficit y la emisión, de acumular reservas y se pretende que la tasa de interés sea positiva en términos reales para sostener la demanda de pesos. Claro está que esto último tiene riesgos, porque impactará negativamente en el déficit cuasifiscal.

En el medio de las negociaciones con el Fondo, el Gobierno sigue procrastinando. Envió al Congreso una ilusión de Presupuesto con supuestos macro irrealistas. Peor aún, en el medio de las discusiones volaban gasto por doquier, sumando 180.000 millones de pesos adicionales como si nada. Hace años que el Presupuesto ha perdido valor en la Argentina por el truco de subestimar ingresos para que el Ejecutivo pueda gastar a discreción el "aumento" que se da en relación a lo presupuestado. Pero un programa plurianual serio no podía partir de repetir tal dislate (agravado por la proyección casi ridícula de 33% de inflación).

En enero de 2021 publiqué una nota titulada "En el mundo del revés, la oportunidad puede llevarnos a otra crisis", donde puntualicé que el gobierno podía convertir la suerte por la mejora en el precio de la soja en una nueva crisis, en lugar de aprovecharla para ordenar las cuentas. Lamentablemente, el reino del revés parece el lugar preferido para los miembros de la coalición gobernante.

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