El infierno desde adentro: crónica del combate al fuego que se come todo en Corrientes

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El fin del mundo probablemente se parezca a lo que se ve en Corrientes. El fuego es una cosa viva, indomable, escurridiza, que corre por arriba y por abajo de la tierra a una velocidad que no se puede calcular sobre un territorio que está seco y caliente como no ocurría desde hace cuarenta o cincuenta años o quizás como nunca antes.

El fuego ya se deglutió palmares, carpinchos, yacarés y también casas de familia, como anoche, en el pueblito El Caimán, al borde de los esteros, donde desintegró tres viviendas. Desde el 14 de noviembre pasado, cuando se emitió la primera alerta por la posibilidad de incendios forestales, el fuego no ha dejado de conquistar territorio. Todo lo que era verde o amarillo, lo tiñó de negro muerte.

Nada lo detiene, excepto la lluvia. Pero la lluvia no viene.

Francisco Delgado no duerme hace días. El hollín maquilló su cara de correntino criollo. Los ojos le lloran, irritados, y entre tos y tos, envuelto en una manta de humo, este hombre de 38 años combate junto a otros campesinos, bomberos voluntarios y policías de pueblo, los pequeños focos humeantes que se multiplican por miles en un palmar de Caá Cati, un pueblo fundado en el 1700 a poco más de 100 kilómetros de la capital de la provincia. La zona debería ser un humedal pero ya no lo es.

Para que esto se calme tiene que llover mucho. Y eso no pasa hace dos años, explica Francisco. Mientras todo arde a nuestro alrededor, el hombre, alto, de barba, con camisa, sombrero, guantes protectores y borcegos, camina hasta una palmera y señala una marca negra, natural, a unos 40 centímetros del piso, sobre el tronco sobreviviente. “Hasta acá llegaba el agua antes de esta sequía”, dice. Quiere decir que normalmente todo esto era un bañado y ahora es tierra seca, dura, con caminos de arena, con yuyos marrones y la amenaza de las llamas por todos lados.

Francisco trabaja en los campos de la zona, principalmente dedicados a la ganadería. La noche del sábado la pasó a pleno combate contra el fuego: “Empezamos a las 10 de la mañana y terminamos a las cuatro de la mañana siguiente. Es imposible. Y creés que lo mataste pero vuela la ceniza caliente y al otro día ves que el fuego siguió avanzando”, dice mientras azota a las llamas o a la tierra ardida con un palo que en su extremo tiene cintas de caucho.

 Francisco trabaja en los campos de la zona, principalmente dedicados a la ganadería
“Incendios de esta magnitud, nunca. Y sequías sí, pero nunca tan prolongadas”, comenta Antonio Lotero, de 49 años, también trabajador rural de la zona, nacido y criado en Caá Cati, que da chicotazos al fuego con un manojo de ramas flexibles, junto a Francisco y dos bomberos locales. A unos 100 metros, otros dos campesinos tiran agua con una mochila custodiados por uno más, que va a caballo.

El cielo está tapado de nubes, pero la lluvia es un deseo platónico. El viento, en cambio, sopla con una persistencia insoportable. Es imposible prever de dónde va a venir y por cuánto tiempo. Cambia de dirección permanentemente y eso es un peligro. En cuestión de segundos las llamas que iban para un lado pueden tirarse literalmente encima de quienes les hacen frente. El fuego puede comerse diez metros en un segundo.

 Bomberos de diferentes partes del país trabajan en la zona para ayudar a los cuarteles locales
Hace dos días le pasó a Romina Romero, bombera voluntaria, 31 años de edad, siete de experiencia. Las llamas envolvieron la camioneta en la que se desplazaban junto a otros dos compañeros del cuartel de Caá Cati. “De repente viró el viento y quedamos tapados por una nube de humo negro, quedamos desorientados, sin saber para dónde salir porque no teníamos idea de qué lado venía el fuego. Aceleramos y pudimos salir porque tenemos un dios aparte. Cuando vimos que estábamos salvados bajamos de la camioneta. La ropa nos ardía como si estuviéramos prendidos fuego y de las cubiertas del móvil salía humo”, relata, azorada.

Al día siguiente, a dos compañeros del cuartel les pasó lo mismo, pero no estaban arriba de una camioneta y el fuego se les fue encima tan de repente que cayeron al suelo ardiente y las llamas les pasaron por arriba. Terminaron en el hospital -luego de que pudieron rescatarlos- con quemaduras en las manos, los brazos y la parte posterior de las piernas.

Así, dice Romina, todos los días desde diciembre. “Estuvimos dos meses solos. Sufrimos mucho. Se quemó todo. Arrancábamos a la mañana y terminábamos de madrugada”, dice la mujer. Su compañero Ramón Portillo (44) agrega: “Y todos los días lo mismo. Cuando volvés a tu casa, te pegás una ducha y al rato te están llamando porque algún campo se prende fuego de nuevo. Es interminable”.

“Éramos nosotros solos contra el infierno. Recién hace dos días empezó a llegar ayuda de otros bomberos con mucha experiencia, como los de Córdoba. El gobierno de la provincia nunca se hizo cargo, el gobernador (Gustavo Valdés) vino a la zona ayer por primera vez”, agrega, entre enojada y decepcionada, Romero.

Alrededor del 10% de Corrientes quedó arrasada por el fuego, que comenzó en diciembre pasado y cuyos focos se extendieron de este a oeste y de norte a sur. La zona más afectada, por su relevancia ambiental, son los Esteros del Iberá, donde hay dos parques nacionales, el Iberá y el Mbucuyá.

“Tuvimos incendios que se extendieron sin parar por 80 kilómetros”, comentó a Infobae Alberto Seufferheld, director del Servicio Nacional de Manejo del Fuego. También los campos “forestales”, de empresas que cultivan especialmente pinos para la producción de madera, quedaron hechos cenizas. Estos se concentran especialmente al norte de los esteros, en Ituzaingó (donde este domingo el fuego bajó la intensidad) y al este, en Santo Tomé. Las imágenes de lo que queda después del paso de las llamas son dantescas.

 Alrededor del 10% de Corrientes quedó arrasada por el fuego, que comenzó en diciembre pasado
A unos 25 kilómetros de Caá Cati, en la zona rural del pueblo San Miguel, el gobierno nacional montó el centro de operaciones, en una escuela donde se alojan unos 230 brigadistas de distintas provincias y personal del Ejército y la Policía Federal. El Servicio Nacional de Manejo del Fuego está especialmente dedicado, en este caso, a prevenir que el fuego ataque pueblos y casas y a los Esteros del Iberá. Coordina con el gobierno provincial cada mañana a dónde enviar brigadistas y aviones hidrantes, cuando estos pueden volar, ya que los vientos y el humo lo dificultan.

El fin de semana llegaron 145 bomberos en 40 camionetas de distintas ciudades de Córdoba, una provincia acostumbrada a lidiar con incendios forestales. “Es extraño ver tantos puntos de fuego. Estamos acostumbrados a un incendio grande que a veces se multiplica por dos o por tres. Esto se multiplicó por decenas”, comentó Manuel Farías, jefe de Bomberos de la ciudad cordobesa de Despeñaderos, que durante el domingo trabajó junto a unos veinte compañeros en la zona de San Luis del Palmar, en un campo privado de 8.000 hectáreas y 4.000 cabezas de ganado, arrasado, según sus administradores, en un 80%.

La hipótesis que comparte Farías con las autoridades del Servicio Nacional de Manejo del Fuego es que los incendios se originan por la quema que realizan los productores para limpiar la maleza vieja y que crezca la nueva, mejor pastura para sus animales. También, que las quemas sirven para espantar animales salvajes que se acercan a sus espejos de agua como consecuencia de la terrible sequía en toda la zona.

En el ámbito urbano, explicaron que en muchos pueblos de esta zona no hay recolección de residuos entonces las personas queman su basura. Con tanto calor, tanto viento y la sequía, cualquier chispa que vuela desata incendios.

“Hay una tradición en la quema. La gente no está acostumbrada a apagar fuegos. En otra época lo que se prendía no duraba mucho, se apagaba solo con los bañados, arroyos y esteros, pero hoy están todos secos”, comentó a este diario el intendente del Parque Nacional Iberá, Daniel Rodano, quien grafica el momento dramático con una verdad tan real como apocalíptica: “La barrera natural no está más”.

Fuente: Infobae

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