Cristina Kirchner: su frente judicial se complica y en Tribunales no descartan un pedido de prisión

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Nunca en los 26 meses que lleva el gobierno de Alberto Fernández se había encarecido tanto la comida como en enero pasado, un 4,9%. Hay que remontarse a noviembre de 2019, el último mes de la gestión de Mauricio Macri, para un mes peor para algo tan indispensable como llevarse alimento a la boca. Aquel mes los precios de los alimentos habían subido 5,3%. 

Ante el mal dato de enero que se conoció esta semana y que demuestra que se encarecen artículos que escapan a los Precios Cuidados, surgieron dentro del heterogéneo Frente de Todos, propuestas de intervención estatal, pero también comienza a analizarse la idea de lanzar un plan antiinflacionario después de que se apruebe el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Está claro para muchos dirigentes oficialistas que, si no se soluciona la cuestión de los precios, la reactivación económica no se sentirá en la vida cotidiana de las personas y la oposición repetirá en 2023 su victoria de 2021.

En enero de 2022, a diferencia de noviembre de 2019, los precios suben en parte por impacto de la inflación que azota a todo el mundo y que encarece las materias primas agrícolas, pero no sólo por eso. Hay factores climáticos -la ola de calor- que arruinaron la producción de la lechuga y el tomate, los dos alimentos que más se encarecieron el mes pasado (51 y 82 por ciento, respectivamente) y que componen la clásica ensalada mixta. Encima, la papa se incrementó 14% y la cebolla, 11%.

Pero además se encarecieron rubros que tienen artículos en el listado de Precios Cuidados, incluidas bebidas y productos de higiene: el arroz, el 5%; las arvejas, 4,4%; el agua sin gas, 4,7%; el café molido, 6,2%; el jabón en polvo, 5,7%; el algodón, 4%, el shampoo, 5,1%; el jabón de tocador, el 5,1% y los pañales, el 7,9%. ¿Por qué suben estos rubros pese a que el plan oficial busca convertirse en referencia para todo el mercado? Cada uno ofrece su explicación. Héctor Polino, de la asociación Consumidores Libres, e Isaac Rudnik, del Instituto de Investigación Social, Económica y Política Ciudadana (Isepci), advierten de que Precios Cuidados sólo rige para grandes supermercados. En una de las mayores empresas de alimentos sostienen que sus valores aún están recuperándose del congelamiento llamado Precios Máximos que se les impuso de marzo de 2020 a junio de 2021 por la pandemia, y se muestran ofuscados de que se los acuse de una inflación que ellos atribuyen a la situación macroeconómica y al mercado atomizado de las verduras. Guido Lorenzo, de la consultora LCG, recuerda que en enero venció el anterior Precios Cuidados y con la firma del nuevo sobrevinieron remarcaciones. En la Secretaría de Comercio Interior, que conduce el cristinista Roberto Feletti, señalan además que el plan abarca 1.321 productos, no su totalidad, y, lejos de constituir un congelamiento, permite alzas del 2% mensual promedio.

Igual Feletti ya no concentra ahora su artillería contra las grandes empresas, que fabrican alrededor de un cuarto de los alimentos, sino en los mercados atomizados de los vegetales y las carnes, que componen tres cuartos de la mesa de los argentinos. Por un lado, el secretario anunció que prepara un fondo estatal para comprar en forma anticipada cierta cantidad de toneladas de papa, tomate y cebolla, consideradas las tres verduras más consumidas, con el fin de fijarles un precio en el mercado y amortiguar así los efectos de la estacionalidad y de los vaivenes de las cosechas. Junto con el presidente del Mercado Central, Nahuel Levaggi, de la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT), están analizando cuánta cantidad debería adquirirse para incidir en la plaza y de dónde conseguirían el fondeo.

Feletti también se reunió con Rafael Klejzer, director nacional de Políticas Integradoras del Ministerio de Desarrollo Social e ideólogo del proyecto de una empresa nacional de alimentos. De todos modos, el secretario no se ha involucrado en la iniciativa, aunque le dio su respaldo a la idea de acercar a productores y consumidores. La vocera presidencial, Gabriela Cerruti, dio crédito a la idea de la empresa nacional de alimentos y explicó que serviría para que el Estado le compre verduras y frutas a pequeños productores. Klejzer aclaró a elDiarioAR que existen "tres o cuatro proyectos que se tienen que desarrollar, algunos en el Ejecutivo y otros en el Legislativo". El dirigente milita en el Movimiento Popular La Dignidad, unas de las organizaciones sociales del Frente de Todos que cuestionan el acuerdo con el FMI porque prevén un tarifazo energético.

En el albertismo reaccionan ante las ideas de Feletti y Klejzer advirtiendo que ellos también deben proponer una solución contundente contra el que consideran el principal problema de la población. "La inflación está irresuelta y tenemos que mostrar que la estamos resolviendo, pero en serio", reflexiona un alto funcionario. "No podemos decir sólo que necesitamos estabilidad macroeconómica, como plantea (Martín) Guzmán, porque te saltan con ideas de empresas nacionales de alimentos, que no sirven. Entonces, ¿qué hacemos? Necesitamos terminar el acuerdo con el FMI y después lanzar medidas contra la inflación", plantea. Un paquete con anuncios, como se hizo con el plan Austral o la convertibilidad, un estilo de comunicación al que el kirchnerismo siempre le escapó. Varios ministros abogan por un plan que ponga a la inflación como prioridad número uno: el de Desarrollo Productivo, Matías Kulfas, el de Trabajo, Claudio Moroni, el de Obras Públicas, Gabriel Katopodis, o el de Educación, Jaime Perczyk. También la secretaria de Relaciones Económicas Internacionales, Cecilia Todesca Bocco.

Pero el ministro de Economía considera que este año será uno de acomodamiento de precios antes de iniciar un largo proceso de desinflación desde el 2023 electoral. Guzmán considera que la baja de precios requiere primero una disminución del déficit fiscal, que a su vez disminuya el financiamiento monetario del Tesoro; alzas de tarifas y del dólar después del atraso que tuvieron en 2021, sin saltos bruscos, pero que eviten futuros tarifazos y devaluaciones siderales; y salarios que no pierdan poder de compra, de modo de evitar rezagos que desemboquen en protestas sociales. Es decir, la receta consiste en calibrar todas las variables para que ninguna explote después. Si esto se logra en 2022 y se trabaja en la mejora de las expectativas, sólo entonces podrá ir bajando la inflación el año próximo. Demasiada sintonía fina para una sociedad ansiosa por dejar de perder, desde los que se sitúan bajo el dramático piso de 40% de pobreza que se ha instalado en la Argentina y que ha superado al 25% que había dejado la crisis de 2001, hasta la clase media que recién en 2021 logró una leve mejora salarial tras tres años de derrumbe.

Fuente: EldiarioAR

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