Alberto Fernández, Vladimir Putin y el castigo de quedar bien con Dios y con el Diablo

POLÍTICA Por Fernando González
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Quizás fue la arquitectura fascinante del Kremlin. O quizás el barniz histórico de que fuera la entrevista de Estado más importante que había tenido en su vida. Lo cierto es que Alberto Fernández se dejó llevar por el glamour de aquel momento y jamás sospechó que su anfitrión, Vladimir Putin, le estaba ocultando el más importante de sus proyectos. Aquel 3 de febrero, mientras nevaba en Moscú y almorzaban un pescado de Siberia, Rusia ya estaba movilizando a las tropas que veinte días después iban a entrar a sangre y fuego en Ucrania.

El exhombre fuerte de la KGB, el burócrata que se enriqueció con los contratos de las empresas rusas armadas en el fragor de la caída de la Unión Soviética, el líder político que tiene encarcelado desde hace un año a su principal opositor (Alexei Navalny), le habló a Alberto de su padre submarinista en Stalingrado y de las privaciones que había vivido la segunda guerra, durante los 900 días del sitio alemán contra Leningrado, hoy San Petersburgo.

Fernández se entusiasmó con el relato y le respondió a Putin como si fuera un integrante más de la cofradía que soslaya sus ineptitudes adjudicándole a Estados Unidos el origen de todos sus males. “La Argentina tiene que dejar de tener esa dependencia tan grande con el FMI y con EE.UU., tiene que abrirse a camino hacia otros lados y ahí Rusia tiene un lugar muy importante”, planteó con la imprudencia de los que carecen de toda información precisa.

Fue ese entusiasmo de principiante el que lo llevó a pronunciar la frase que más irritó al Departamento de Estado y que le mereció un editorial durísimo del diario español El País, con una línea editorial cercana al socialismo, advertencia de la izquierda europea que el Presidente jamás percibió. “Queremos que Argentina sea una puerta de entrada de Rusia en América Latina”, ofreció Alberto, ignorando el sentido que cobrarían sus palabras cuando los misiles empezaran a surcar el cielo ucraniano.

El problema es que Alberto Fernández se autopercibe progresista
Ese es uno de los síntomas, quizás el más desopilante, del síndrome de Estocolmo que lo mantiene atrapado junto a otros peronistas en la red de Cristina Kirchner. Por eso, es que el Presidente eligió a China y a Rusia como sus aliados políticos. Justo cuando debe tomar la decisión más importante de su gestión en la que es clave la opinión de los Estados Unidos: tiene que definir si acepta un acuerdo para refinanciar la deuda con el Fondo Monetario Internacional o si empuja a la Argentina a un escenario de default. El mismo abismo al que el país descendió durante la presidencia de siete días del peronista Adolfo Rodríguez Saá.

Durante toda su gestión, Fernández demostró que su fuerte no es el manejo de los tiempos. Rompió con el laboratorio estadounidense de la vacuna Pfizer cuando el Covid mataba a los argentinos de a miles. Permitió fiestas de cumpleaños en la Quinta de Olivos mientras encerraba a una sociedad a la defensiva por la pandemia. Pero nada puede igualar un momento más inoportuno para sobreactuar una amistad con el ruso Vladimir Putin. Nadie, ni siquiera Cristina, le había pedido tanto.

El Presidente fue al Kremlin sin que nadie le avisara que Rusia se disponía a provocar un incidente bélico que tiene al planeta bajo riesgo de una tercera guerra mundial. Si no cuenta con un asesor que siga las noticias en los medios de comunicación, podría haber consultado a alguno de los países involucrados. Tiene un buen vínculo con el jefe del gobierno español, el socialista Pedro Sánchez, quien podría haberle anticipado los temores que la Unión Europea arrastraba desde hacía varios meses sobre Putin, en base a los datos que les venía suministrando la CIA con el paso a paso logístico de la invasión rusa sobre territorio ucraniano.

“Alberto se hace amigo del ciervo cuando ya tiene la cabeza adentro de la boca del león”, se ríe un peronista que sacude la cabeza ante los movimientos diplomáticos espasmódicos del Presidente. Algunos lo llaman Zelig, como aquel genial camaleón de Woody Allen que se mimetizaba con los nazis en la guerra, con rabinos o con cardenales en El Vaticano para ocupar un lugar en la historia. Y otros recurren a la utopía del barrio: la de quedar bien con Dios y con el Diablo, una diagonal de los personajes flexibles que casi siempre termina favoreciendo al Diablo.

El rol del Papa Francisco
Algo parecido le está sucediendo en estas horas al Papa Francisco, otro argentino con relevancia global. “Tengo un gran dolor en el corazón por el empeoramiento de la situación en Ucrania”, escribió Bergoglio en un comunicado clásico del Vaticano en estas ocasiones. “Pido a todas las partes implicadas que se abstengan de toda acción que provoque aún más sufrimiento a las poblaciones, desestabilizando la convivencia entre las naciones y desacreditando el derecho internacional”, completó con un tono neutro que indignó a Europa y maravilló a la diplomacia rusa.

El comunicado del Papa aglutinó las críticas de los analistas políticos europeos, aún las de muchos de aquellos con posiciones cercanas a la Iglesia Católica. Y se convertía en tendencia en Twitter porque jamás mencionaba la ofensiva militar de Putin en la convocatoria a un ayuno por la paz para el próximo 2 de marzo.

Claro que la entrada de los tanques rusos en Ucrania lo ha complicado todo para los cultores históricos de la comodidad de la tercera posición. La Cancillería argentina, cuya estrategia desde que Alberto Fernández es presidente ha estado bajo la órbita y el escrutinio de Cristina, emitió esta semana una primera declaración absolutamente tibia que jamás le hace planteo alguno a Rusia para que respete la integridad territorial ucraniana. Y todo bajo la estela de la complicada negociación con el FMI.

Por eso, el Gobierno debió armar otra declaración a las apuradas que leyó la portavoz Gabriela Cerruti el jueves a media mañana, cuando los tiros sonaban en varias ciudades de Ucrania. Y ahí sí se incluyó el concepto olvidado con el planteo a Rusia para “cesar las acciones militares en Ucrania”. Minutos después, hicieron pública la sugerencia a los argentinos de abandonar el territorio ucraniano. Más vale tarde que nunca.

Fuente: TN

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