Alberto, a partir de mañana

POLÍTICA Por Marcelo FALAK*
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"Hasta el día de hoy, solo fui lo que soy, aprendiz de Quijote" (A partir de mañana, de Alberto Cortez)

El discurso que pronunciará el martes Alberto Fernández ante la Asamblea Legislativa es pensado en la cocina política presidencial como la presentación de la hoja de ruta que regirá desde ahora la acción oficial. La misma –se espera–, liberada de la emergencia permanente de los dos primeros años de mandato, permitiría desplegar un programa más proactivo en la mitad final. Más le vale al jefe de Estado: la sociedad sufre, el fuego amigo arrecia, los plazos se acortan y su reelección es un albur.

La idea de una segunda mitad de mandato es, claro, apenas conceptual; el calendario marca que ese hemisferio ya se cruzó en diciembre. Además, dada la temperatura social y la incertidumbre sobre el mediano plazo político y económico, el Presidente corre el riesgo de perder poder de manera significativa bastante antes de las elecciones de octubre del año que viene, fenómeno que en Estados Unidos se describe con el mote de "pato rengo".

Así las cosas, la obsesión es presentar –una vez más– una refundación del Gobierno ante el Congreso y el país, algo posible, según se dirá, después de haberse completado la tarea de desescombrar un país estragado por la deuda: primero la contraída con tenedores privados y luego, la del Fondo Monetario Internacional (FMI). La faena, con todo, quedó lejos de constituir una verdadera limpieza y supuso apenas un rejunte de esos residuos y su acumulación un poco más lejos. Por ahora, alcanza.

Fernández está totalmente justificado para, tras despertarse cada mañana, lanzar al cielo una salva de insultos: difícilmente un presidente pueda tener tanta mala suerte. Toda la buena estrella que implicó para él el dedo de Cristina Kirchner, sin el cual nunca habría podido llegar a donde llegó, mutó antes de que cumpliera cien días en el sillón de Rivadavia. Al desastre de la deuda heredada –de la economía en general–, se sumó la extravagancia de una pandemia salida de contexto.

¿Sobre llovido, mojado? Eso y más para Fernández, a quien ya no le alcanzan las frases hechas para describir su desgracia. Ahora, mientras intenta finalizar el camino minado del acuerdo posible con el Fondo, le estalla una guerra en Europa, una que no solo amenaza desde distintos costados la frágil economía nacional sino que complica, incluso, esas de por sí difíciles gestiones. En efecto, si la reducción de los subsidios a la luz y el gas era la gran piedra que quedaba por remover al cierre de esta columna, la guerra en Ucrania y su secuela de empinamiento de las cotizaciones del petróleo y el gas hacían todavía más difícil calcular el monto de la factura a pagar por la sociedad o por el Estado.

 A lo llovido y a lo mojado habría que sumarle alguna otra calamidad acuática para describir la suerte de la gestión del Frente de Todos.

Sin embargo, Fernández se engañaría si solo culpara a la mala fortuna. Su administración e incluso su estilo personal han estado plagados de errores, por no mencionar el drama mayúsculo de las diferencias de criterio en materia política, económica y de relacionamiento internacional que han cruzado, desde el inicio, a la alianza panperonista, un artefacto que fue efectivo para ganar una elección, pero que se ha revelado defectuoso para regir las vidas de 45 millones de argentinos y argentinas.

 

Como sea, el Presidente tiene una colosal sed de éxito, de esgrimir ante la que es –¿fue?– su base alguna justificación para repetir el voto de 2019. Para que su nombre esté al tope de una boleta panperonista dentro de 20 meses, deberá mejorar su gestión, elevar la calidad de vida de la población y encontrar una salida al laberinto de una interna que ya lo obligó a renunciar al derecho obvio de cualquier mandatario de buscar, sin disputas, la reelección que la ley le habilita.

 

Mostrar un horizonte será el propósito mayor del discurso del martes. Para que el mismo no pierda toda su efervescencia, el Presidente debería llegar a ese día con el frente del FMI cerrado, esto es, con un acuerdo a tres bandas suficiente para melonear disputas con el organismo que serán pan de cada día en la próxima década y para adormecer la puja eterna con el cristinismo.

Él y su ministro Martín Guzmán optaron desde el inicio por invertir el orden habitual de las crisis de deuda al negociar primero con los fondos de inversión privados y luego con el FMI. Normalmente es al revés, ya que se arregla antes con un organismo con el que no hay quita que valga de modo de calcular a posteriori si quedan algunas monedas en el bolsillo para repartir entre los acreedores no privilegiados.

 

Para bien o para mal, esa ha sido la estrategia y el reloj de la negociación con el FMI ya trona su tictac. No hay para el país alternativa a un acuerdo que, se debe descontar, será cumplido con intermitencias, lo que obligará a una interminable saga de negociaciones para justificar desvíos de las metas pactadas, pedidos de dispensa, waivers desde Washington y vuelta a empezar. Esa es la triste historia que el macrismo le ha legado a, por lo menos, un par de generaciones de argentinos.

 

Sin acuerdo no existiría refinanciación de deudas, relación armoniosa con ningún país del mundo –todos están en el Fondo–, dinero de organismos multilaterales para llevar a cabo inversiones necesarias y ni siquiera préstamos bilaterales.

 

«La inminencia del discurso de apertura de sesiones legislativas hizo que el Presidente presionara a Martín Guzmán para culminar cuanto antes las tratativas.»
Los berrinches del cristinismo duro no parecen tener en cuenta esa variable, algo que empasta el acuerdo en las horas decisivas. La demora de más de dos años de Guzmán en alcanzarlo ha generado ansiedad en los agentes económicos, pero en verdad el default meneado por buena parte de la prensa nunca fue una opción contemplada por el Gobierno. En su momento, Letra P afirmó que el entendimiento, el mejor que fuera posible, llegaría “en febrero o en marzo, antes del gran vencimiento del 22 del segundo de esos meses, por casi 2.900 millones de dólares". Esa fecha sí sería la barrera, si ocurriera lo impensable, entre la voluntad de pagar y la imposibilidad de hacerlo.

 

La inminencia del discurso de apertura de sesiones legislativas hizo que el Presidente presionara a su ministro para culminar cuanto antes las tratativas. Primero se dijo que eso ocurriría antes del fin de semana y luego se pensó en un anuncio en los feriados del Carnaval. El tiempo apremia.

 

Cuando, finalmente, haya anuncio, llegará la hora de la verdad para varios. Las diversas facciones de Juntos por el Cambio deberán demostrar en el Congreso si se hacen cargo del desastre dejado por el gobierno de Mauricio Macri, el cristinismo tendrá que decidir si cogobierna para que la Argentina encuentre la salida a su década perdida o si lo hace para mantener tranquilo a su núcleo duro y Fernández se verá obligado a demostrar, de una vez por todas, cuál es su madera como jefe de Estado. Una cosa será mostrar fumata blanca en Washington y una diferente, hacerlo en Balvanera.

Guzmán, en tanto, dejará de ser un “ministro de deuda" y deberá aprovechar una coyuntura frágil que inclina al Presidente a no usarlo como un fusible para acallar el fuego amigo. Esa sería su segunda chance.

 

La vice ya le ha dedicado el peor epíteto posible –el de ajustador– y no lloraría precisamente si la copa del árbol del gabinete volviera a moverse. Aun cuando le reprocha al jefe del palacio de Hacienda cuestiones de estilo y limitaciones políticas propias de un economista académico, Fernández desea sostenerlo en el cargo. Eso es así, en primer lugar, porque confía en él para pilotear la transición post-FMI, para encaminar el drama irresuelto de la inflación y para generar un contexto de crecimiento suficiente para que 2023 signifique algo diferente de una despedida.

 

Además, "¿para qué reemplazaría a Guzmán? ¿Para poner a quién? ¿Para que busquen correrlo por izquierda con una figura inconveniente?", le preguntó, en tono retórico, un miembro de primer nivel del albertismo.

*Para Letra P

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