La fractura expuesta entre Alberto Fernández y los K que el discurso del Presidente no pudo disimular

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Si algo quedó claro en la apertura de las sesiones ordinarias del Congreso son las ataduras de todo tipo que exhibe Alberto Fernández, en la mitad de su mandato, para desenvolver la tarea. Omitió, salvo el atrevimiento de mencionar al comienzo de su discurso que la paz mundial se alteró “por la invasión militar de Rusia a Ucrania”, cualquier referencia a la jeroglífica política exterior. 

Describió la posibilidad del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), irritante para el Frente de Todos, desde la curiosa perspectiva de lo que no sería. Nada de reforma previsional, nada de reforma laboral, nada de tarifazos. El contenido medular, entonces, continúa siendo un enigma.

Se ocupó sólo dos veces de alterar el tono monocorde de lectura que superó la hora y media. Fue cuando reiteró su voluntad de insistir con la denuncia penal para que se investigue el destino del endeudamiento tomando en su tiempo por Mauricio Macri. También cuando mencionó la supuesta complicidad entre el Poder Judicial y ciertos poderes económicos. Donde embretó a la Corte Suprema. Pareció un libreto sobreactuado. Tendiente a contentar, quizás, a Cristina Fernández.

El rostro de la vicepresidenta atravesó todas las pruebas: muchos mohines, fastidio recurrente, desinterés, leves sonrisas y atención a los amigos que la saludaban desde los palcos del recinto.

El contexto tampoco le resultó a Alberto mucho más favorable. Cristina fue recibida por el plenario de la Asamblea con muchos más aplausos que los dispensados a él. Tres ausencias fueron otra advertencia. La del ex jefe del bloque, Máximo Kirchner, quien tampoco había participado en 2021. La del senador Oscar Parrilli, edecán de la vicepresidenta, uno de los mayores opositores al acuerdo con el FMI. La del ministro del Interior, Eduardo De Pedro, una cuña K en el “albertismo”, de gira tecnológica por España.

El Presidente intentó compensar ese teatro poco favorable con una movilización callejera que le regalaron el Movimiento Evita, sectores de la Confederación General del Trabajo (CGT) y un puñado de intendentes. En especial, aquellos afines a los ministros de Desarrollo Social, Juan Zabaleta, y de Obras Públicas, Gabriel Katopodis. La concurrencia en la Plaza de los dos Congresos fue extremadamente módica. Los colectivos fletados llegaron casi vacíos o con la mitad de su capacidad ocupada. Parece no haber mucha expectativa ciudadana. Ni siquiera entre la militancia.

Alberto, por algunos dichos de su discurso, no pareciera tener cabal noción sobre tal estado de ánimo colectivo. Lo atribuyó a sectores -que no identificó- al parecer empeñados en sembrar desesperanza. Se le habría pegoteado la manía kirchnerista: la responsabilidad siempre es de los otros. Aquella desesperanza viene siendo regada hace décadas. Coinciden con su incursión en la política. De esa clase a la que le sedujo pertenecer desde el regreso de la democracia.

Aquella actitud presidencial afloró también en una anécdota. Tuvo un intercambio en público, mientras hablaba, con el radical Alfredo Cornejo. “Sabés que yo no miento, me conocés”, le respondió a un reproche en voz alta del senador. El problema real sería su facilidad para cambiar de opinión. De bandos. Una manera de horadar cualquier confianza.

De allí, que no haya podido causar sorpresa su extenso repaso de algunos asuntos que han marcado a fuego a la sociedad. Exaltó el trabajo del Gobierno durante la pandemia. Colocó a la campaña de vacunación entre una de las tres mejor valoradas en el mundo. No dijo por quién. Cuando estalló el Covid en 2020 había afirmado que prefería una caída del 10% en la economía antes que 10 mil muertos. Después aseguró que si en la Argentina hubiera 40 mil muertos dejaría de dormir. La tragedia se arrima ya a las 130 mil víctimas.

Enumeró, como si nada hubiera sucedido en el medio, la cantidad y la marca de vacunas adquiridas por la Argentina. Omitió los problemas iniciales con AstraZeneca, la puja interna, que Cristina blanqueó en una de sus cartas, con el laboratorio estadounidense Pfizer, la compra de la rusa Sputnik, cuyo contrato nunca se terminó de cumplir. Quizás jamás ocurra después de la guerra desatada por Vladimir Putin en Ucrania. ¿No habrá colaborado también el escándalo del Vacunatorio VIP con aquella desesperanza social que tanto martiriza a Alberto?

La ruta errática del Presidente tuvo otros mojones. Pidió la comprensión de todos para lograr la aprobación del acuerdo con el FMI. Pareció, incluso, destinarle un correo cifrado a Máximo. Pero tuvo forzadamente que provocar a la oposición (con las encendidas referencias al endeudamiento y el espionaje) para intentar sostener el delicado equilibrio de fuerzas internas. La simulación, a esta altura, vale de poco: hay una fractura expuesta con el kirchnerismo duro que las palabras no logran enmascarar.

Algunas misiones discretas no dieron resultados. El nuevo titular del bloque de diputados oficiales, el santafesino Germán Martínez, ha tendido puentes con el hijo de la vicepresidenta. Su actitud inflexible, sin embargo, no varió. Así se explica la cautela del titular de la Cámara de Diputados, Sergio Massa. En una época compinche del jefe de La Cámpora y del PJ bonaerense.

Las provocaciones de Alberto, cuyas consecuencias a largo plazo habrá que observar, parecieron aliviarle el mal momento coyuntural de la Asamblea inaugural. Varios diputados del PRO resolvieron levantarse de sus bancas a modo de protesta. Desnudaron las divisiones internas de Juntos por el Cambio que perviven subterráneamente. Porque de otros bloques de la coalición opositora nadie se movió. La tediosa reedición de los halcones y las palomas. Esa fotografía se superpuso con la de un mandatario que parecía arrimarse a un naufragio con su mensaje latoso y chato. Opacó además aquella fractura expuesta en el oficialismo.

Los fuegos volvieron a encenderse. El radicalismo presume que el PRO tenía decidida su acción antes que Alberto dijera lo que dijo. En búsqueda de una carambola: visibilizar su intransigencia frente al Gobierno; desairar a la líder de la Coalición Cívica, Elisa Carrió, que aconseja hace rato respaldar el acuerdo con el FMI.

Sobre ese escenario desvertebrado deberá operar el Presidente para salvar el trato con el Fondo que Martín Guzmán no termina de cerrar. El ministro de Economía confía en que la parte técnica no sufra modificaciones pese a la incertidumbre que plantea, en varios terrenos, la invasión de Rusia a Ucrania. Quedaría pendiente el aval político.

Los números en Diputados y el Senado no están garantizados ni en el oficialismo ni en la oposición. El pésimo clima político y las ambivalencias del Gobierno transforman a la abstención en un imán de escape para los legisladores. Aun cuando al final pueda resultar aprobado, esas condiciones reflejarían una precariedad muy inconveniente

Fuente: Clarín

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