Alberto Fernández, desconectado y jugando al aquagym con la inflación

POLÍTICA Por Fernando González
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A veces no hacen falta declaraciones altisonantes para mostrar que una coalición está fracturada. Martes 15 de marzo por la noche. En el prime time de una señal de cable, las imágenes mostraban a grupos piqueteros de izquierda acampando sobre las veredas y en la Nueve de Julio frente al Ministerio de Desarrollo Social. Chicos durmiendo sobre bolsas de nailon y madres con discursos anti-FMI. Los periodistas del canal, una señal que suele favorecer a Alberto Fernández y a Cristina Kirchner en todos sus comentarios, esta vez cargan con extrema dureza sobre la política social del Presidente. Y sobre la de su ministro, el albertista Juan Zabaleta. 

En los minutos siguientes, aparece como entrevistado el expresidente del Banco Central durante el último año de la gestión de Cristina, Alejandro Vanoli. El economista ya no recuerda que fue director de ANSeS en los primeros cinco meses de Alberto y que tuvo que renunciar después de que miles de jubilados debieran hacer colas para cobrar en el inicio de la pandemia. Le pega con rabia a su último jefe en el Estado cada vez que habla y lo acusa del altísimo índice de inflación de febrero que acaba de anunciar el Indec.

“La inflación de los últimos cuatro años es inaudita y no se hizo nada para combatirla”, escupe Vanoli, y solo cuando se lo recuerdan aclara que la mitad del período del que está hablando corresponde a la gestión de Mauricio Macri. Así están las cosas entre Alberto y Cristina. Lo mismo sucede en el resto de las señales mediáticas que controla el kirchnerismo, en las redes sociales o en las apariciones públicas de sus dirigentes, desde el ultra Andrés “Cuervo” Larroque a un aliado de los últimos tiempos como el director del Banco Nación, Claudio Lozano.

Máximo Kirchner, junto a otros 27 diputados, no votó por el acuerdo con el FMI en la Cámara de Diputados para evitar el default de la Argentina la semana próxima. Y Cristina tampoco está obligada a hacerlo ahora en el Senado. Prefiere que sea Alberto Fernández (en realidad Sergio Massa) el que convenza a los gobernadores peronistas para sumar el respaldo de los legisladores que les responden. Y que vuelva a ser Juntos por el Cambio el que sume la mayoría de los votos necesarios para aprobar el acuerdo. Ella y su hijo creen que la gestión del Gobierno no tiene retorno y juegan el simulacro opositor.

Es un momento extraño para el Presidente. No para de cometer errores y sus incursiones públicas empiezan a mostrar el síntoma inconfundible de aquellos dirigentes que están desconectados de la realidad. El martes pasado, a las 16.30, el Indec anunciaba que la inflación de febrero ascendía al 4,7% y los analistas económicos vaticinan ya que la de marzo podría acercarse al 6%. Cifras que vuelven a ubicar a la Argentina en una proyección anual de más del 60%, y al tope del ranking regional duplicando nada más y nada menos que a la Venezuela del experimento chavista.

Apenas un minuto después, Alberto aparecía en una piscina cubierta de Tortuguitas en la que un grupo de mujeres hacía aquagym y fingía sorprenderse de su presencia allí, tan cerca del agua. Atronaba una cumbia, el Presidente bailaba como si la Argentina fuera en serio un paraíso y un gracioso de la comitiva les gritaba a las chicas: “No lo tiren al agua al Presidente, ¿eh?”. Podía ser una película de Monty Phyton, pero no. Era una remake del país que nunca aprende bailando sobre la cubierta del Titanic.

El episodio natatorio fue perpetrado por algunos de los colaboradores que fantasean con la posibilidad de que Alberto se presente a la reelección el año próximo. Más allá de que la Argentina sea una tierra de oportunidades y de sorpresas, el equipo político del Presidente olvida que el camino más rápido para que Fernández logre bajar su imagen negativa es atender las urgencias de sus compatriotas. Y, desde hace más de dos años, el reclamo que aparece en todas las encuestas es bajar la inflación.

El martes fue uno de esos días intensos en los que la Argentina desborda todas sus contradicciones. Un rato después de la novedad preocupante de la suba de los precios y del aquagym convertido en sátira política, Fernández insistió en jugar al Presidente desorientado. “La guerra de Ucrania llega acá en forma de complicaciones económicas y les prometo que el viernes vamos a empezar otra guerra: la guerra contra la inflación en la Argentina”, dijo con una sonrisa. Y los aplausos encendidos de quienes lo escuchaban en el municipio de Malvinas Argentinas probaban que nadie por allí se había detenido a pensar que en el este de Europa se estaba librando una guerra de verdad. Una guerra con misiles, con sangre y con muertos. Miles de muertos que no merecían un mensaje de tamaña desconsideración.

Los despropósitos se siguen sumando y algunos aparecen y desaparecen tan rápido que la sociedad no alcanza a registrarlos. Es el caso de la Subsecretaría de la Resiliencia Argentina, un esperpento que apareció en el Boletín Oficial esta misma semana y que causó tanta vergüenza propia en el Gobierno que el jefe de gabinete, Juan Manzur, se vio obligado a darlo de baja antes de que pasaran veinticuatro horas. Un organismo estatal para devolverle el humor a los argentinos no alcanzó siquiera el estatus de broma de mal gusto y debió cancelarse con una ironía inigualable. Si de algo careció la Subsecretaría de Resilencia fue, justamente, de resilencia. La Argentina se va volviendo un chiste.

Alberto Fernández no es el primer presidente que pasa por un período de desconexión. Fernando de la Rúa comenzó a mostrarse desconectado meses antes de que la crisis con el FMI y el corralito le hicieran estallar el Gobierno en el 2001. Le pasó a Cristina Kirchner, que celebró las horas de saqueos a comercios y de represión policial con diez muertos el 10 de diciembre de 2013, bailando sobre el escenario de la celebración en Plaza de Mayo. No tuvo la lucidez de frenar la fiesta ni de arrepentirse.

Quizás si Mauricio Macri hubiera hecho los cambios que le pedían en su gabinete a fines de agosto de 2018 y ampliaba la base política de la coalición Cambiemos, habría tenido más chances de lograr la reelección que perdió un año después. Pero prefirió encerrarse en su círculo áulico y acelerar el deterioro de su gestión. “Me mandó al pibe para que me ofreciera el cargo y él se quedó viendo a Boca en el piso de arriba”, recuerda todavía uno de los dirigentes que pudo ingresar al Gobierno, pero que rechazó la oferta que le hizo el entonces jefe de gabinete, Marcos Peña.

Macri volvió a conectarse recién después del golpe que recibió en las PASO de 2019, y mejoró mucho su desempeño electoral en las elecciones generales para presidente. Pero ya era tarde y fue Alberto Fernández quien se quedó con la victoria por un 8% de diferencia y el que lo sucedió finalmente en la Casa Rosada.

El Presidente tiene por delante horas difíciles que requieren de verdadera concentración para gobernar. Logrará la aprobación de la ley para acordar con el FMI gracias a los votos de la oposición en la Cámara de Diputados y en el Senado. Y lanzará medidas de suerte improbable para detener la inflación. Pero la falta de respaldo político de Máximo y Cristina Kirchner en este momento crucial es un desafío innecesario a la autoridad presidencial.

No hay Subsecretaría de la Resiliencia, ni guerra a los exportadores y a los supermercados, ni sesión de aquagym en el conurbano que pueda reducir las distancias de un gobernante con el poder. La fotografía más triste para un Presidente es cuando se muestra desconectado de las urgencias verdaderas de una sociedad que, en materia de decadencia, ya lo ha visto casi todo.

Fuente: TN

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