Nunca fui, no soy ni seré albertista

POLÍTICA Por Pablo FORNERO*
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Actualidad áspera entre el Presidente y el gobernador. Perotti, más concentrado que nunca en su terruño. Una relación de amor que se acerca al odio.

7 de agosto de 2019. Alberto Fernández, como candidato a presidente, y Omar Perotti, como gobernador electo, se funden en un abrazo de amor sincero, de compromiso a futuro. “Mi gran amigo”, se dicen en público. Ríen juntos mientras recorren la provincia de Santa Fe durante dos días.

Veintipico de marzo de 2022. Ya no sonríen, se miran de costado. Toda la expectativa e ilusión que depositó uno en el otro se desvaneció. Fernández pensó a Perotti como su principal socio fuera de la gran city, un virtual líder de una liga de gobernadores que nunca nació. Perotti pensó a Fernández como un presidente que comprendiese los destinos del interior, de la pampa gringa donde el rafaelino cimentó su trayectoria. Ni una cosa ni la otra.

Perotti nunca será albertista. Ese fue el primer error de diagnóstico en la Casa Rosada. Creer que el gobernador podía jugar, integrar un ismo más allá de sus propias fronteras. Perotti es perottista, nada más. Al rafaelino le alcanzaba con que Fernández entendiera al peronismo de Santa Fe, con que no perjudicara sus propios intereses. Eso, sumado a una entrega permanente de fondos, hubiera pacificado la relación. Perotti, en ese esquema, se hubiera prestado a cualquier kermese.

Para Perotti, Fernández es un “porteño” en el sentido más despectivo de la palabra. Identifica al Presidente como un dirigente que no conoce el interior, que no entiende que Santa Fe tiene un corazón agro (“productivo”, como le gusta decir al gobernador) que quiere y pide moderación, que es más proclive a votar al no PJ, pero, llegado el caso, se anima a confiar en un peronista blanco y blando.   

En ese marco, Fernández le metió expropiación a Vicentin desde el vamos. Después siguieron el cierre a la exportación de carnes y el aumento de retenciones a productos derivados de la soja. En el medio, el gobernador entiende que la Casa Rosada le pisa el pago de una histórica deuda por coparticipación. En la política, el Presidente cobijó a Agustín Rossi, rival acérrimo de Perotti en la interna del peronismo provincial. Mucho ruido para una convivencia que se creyó idílica. 

En aquellos primeros días de agosto de 2019, Perotti le dio una brújula a Fernández. Le armó una agenda cargadísima, plagada de cónclaves con productores rurales y empresarios. Lo sentó hasta con la Bolsa de Comercio de Rosario. Son terrenos hostiles para el kirchnerismo, pero que confiaron, le creyeron a Perotti y cooperaron para hacerlo gobernador. Después apareció Vicentin y el resto de las medidas inesperadas para Santa Fe.

Aun con diferencias de base con el kirchnerismo, Perotti hoy está más cerca de la vicepresidenta Cristina Fernández que del Presidente. Con ella acumula acuerdos en tres cierres electorales desde 2015. La expresidenta tiene todo el pragmatismo necesario para entablar una alianza con el rafaelino en pos de un objetivo mayor. No hay fisuras en ese vínculo: se saben lejanos entre sí, pero cierran cuando tienen que cerrar.

Perotti nunca quiso ser albertista, nunca fue ese su plan. Tanto en la política como la gestión, el gobernador quiso provincializar desde el vamos y se cansó de verse arrastrado por el gobierno nacional. El rafaelino reniega cada vez de las medidas que aplica la Nación y perjudican al entramado productivo de Santa Fe.

 

El gobernador no abandonará el Frente de Todos, proyecta su futuro dentro del peronismo y, en su terruño, ya puso a su tropa a caminar, pero con el Presidente algo se rompió y, por más que desde Buenos Aires hayan pensado lo contrario, él nunca fue, no es ni será albertista.

*Para Letra P

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