Alberto, Cristina y el botón nuclear

POLÍTICA Por Marcelo Falak
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La balacera de Todos contra Todos es feroz y los responsables del frente panperonista –por llamarlos de algún modo– toman a sus votantes como escudos humanos. La guerra, que al cierre de esta columna se detenía apenas un instante antes de que alguien presionara el botón nuclear, reconoce un detonante, antecedentes, un problema y un dilema de hierro. Así las cosas, ¿les será posible mantener, al menos, una ficción de unidad para que la Argentina no se les torne ingobernable en lo inmediato y para que puedan insistir –refreshing mediante en la boleta presidencial– con una nueva propuesta electoral en menos de un año y medio?

La enorme movilización del #24M, a la que las facciones peronistas contribuyeron de modo decisivo, expresó las coincidencias que se resumen en la consigna de "memoria, verdad y justicia". Esa unidad, sin embargo, parece solo pasado y necesidad y se torna sepia cuando la foto registra las diferencias del presente. Antes y después del acto, abundaron los disparos verbales.

Al frente de una nutrida columna de La Cámpora, Máximo Kirchner disparó que cada uno "elige entre los estudios de televisión o la calle y la gente".

No lejos de él, Andrés Larroque remontó el rencor a 2017 al recordar que "no nos podemos ir de algo que gestamos. El Presidente fue jefe de campaña de un espacio que sacó el 4% en la provincia de Buenos Aires y Cristina fue la que propuso su candidatura" dos años después.

Axel Kicillof, que se sumó a esa columna, esta vez tomó partido: "El que no le interese pelearse con nadie, que sepa que no lo necesitamos", dijo en un acto con Hebe de Bonafini.

Antes de eso, Alberto Fernández había ofrecido una entrevista a El Destape Radio en la que ratificó su deseo de mantener la unidad para impedir el regreso de la derecha al poder.

Sin embargo, no se privó de aclarar lo que en un contexto normal sería una obviedad: "Escucho a todos, pero el presidente soy yo y el que tiene que tomar las decisiones soy yo".

Así las cosas, los remiendos de la unidad que se ensayan bajo la superficie por ahora no consiguen mejor resultado que una impostura.

 

Al comienzo se hablaba de cuatro dimensiones de la crisis: un detonante, antecedentes de fondo, un problema y un dilema de hierro.

 

El gatillo, se sabe, ha sido el acuerdo para la refinanciación de la deuda con el Fondo Monetario Internacional (FMI), una bomba de tiempo que Mauricio Macri le dejó al país y al peronismo y que este logró retrasar en su dimensión financiera, pero que adelantó en lo político.

El fondo, sin embargo, no pasa por el Fondo y la reyerta tiene hitos que van bastante más atrás. La carta de Cristina Kirchner del 26 de octubre de 2020, “A diez años sin él y a uno del triunfo electoral: sentimientos y certezas", fue la primera señal de ruidos preocupantes con su señalamiento de los “funcionarios o funcionarias que no funcionan".

La vicepresidenta elevó el tono poco después, en un acto realizado el 18 de diciembre en el estadio Diego Armando Maradona de La Plata. En el mismo reiteró aquella consigna y añadió, ante la mirada atónita de Fernández, que "todos aquellos que tengan miedo o que no se animan, por favor, hay otras ocupaciones además de ser ministro, ministra, legislador o legisladora. Vayan a buscar otro laburo".

La admonición llegó acompañada de un programa: el Gobierno debía encarar el problema del carácter bimonetario de la economía nacional y, por otro lado, alinear "salarios y jubilaciones con los precios de los alimentos y las tarifas".

Cristina veía el peligro de una derrota dolorosa en la elección de mitad de mandato y, de hecho, eso es lo que ocurrió. Consumado ese daño, la guerra civil quedó declarada.

Al detonante y a los antecedentes, se suma –como se dijo– un problema: el Frente de Todos fue concebido como un artefacto electoralmente eficaz, pero jamás implicó una –atención al número: "una"– idea de país.

Fuente: letrap.com.ar

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