Alberto Fernández, en tiempo de definición o de revancha

POLÍTICA Por Claudio Jacquelin
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El entorno del Presidente afirma, promete, se ilusiona con que después de la Semana Santa Alberto Fernández adoptará decisiones para saldar la disputa interna del oficialismo y encauzar su gestión, estragada por las peleas y las trabas. El énfasis, la certeza y los verbos dependen del grado de fe y de expectativas que conservan quienes pronuncian los augurios. Algunos, más audaces, arriesgan que será tiempo de revancha, además de definiciones. Son pocos. 

En esa escala de matices que existe entre quienes siguen integrando el círculo de funcionarios de confianza presidencial, están los que dan por hecho que Fernández relanzará su gobierno y los más creyentes que se ilusionan con la resurrección a tono con el calendario cristiano.

El cambio de gabinete aparece en el menú de todas las vigilias, junto con la adopción de políticas económicas para combatir la inflación, que es el gran desvelo de estas horas. Pero no hay certezas. Se espera a ver qué y cuánto pone sobre la mesa el Presidente el Domingo de Pascua. Allí están centradas las dudas. Todos comparten la certeza de que, así como están las cosas no pueden seguir y dicen que Fernández es consciente de ello, a pesar de las muchas versiones interesadas en contrario.

De todas maneras, en esta semana el Presidente está destinado a atravesar más estaciones de su vía crucis personal y funcional con la divulgación del doloroso índice de inflación de marzo (por encima del 6% descuentan en su entorno) y la consecuente flagelación a la que lo someterá el cristicamporismo con ese porcentaje en la mano. Castigos autoinfligidos y tolerados. Solo la inminente ampliación de la familia presidencial podría aportar un motivo de distensión y alegría.

En ese tránsito, Fernández se muestra encapsulado y hermético, con diálogos radiales (más que nunca) en los que ofrece pocas definiciones concretas. Apenas transmite la certeza de que no le queda más tiempo para relanzar su gobierno y que debe cauterizar y encauzar la durísima disputa interna que atraviesa a la coalición gobernante que alguna vez dijo ser el Frente de Todos. La fecha límite para hacerlo era fines de marzo, pero, como suele ocurrir en esta administración, los plazos se fijan para ser corridos.

“No se puede demorar más. En junio hay que mostrar algunos resultados no solo por la misión del FMI, sino por la paciencia social. El índice de inflación de este mes tiene que ser un punto de inflexión y, al mismo tiempo, un llamado de atención para tomar medidas e intentar algún acuerdo. Si no es para relanzar la gestión, que sea, al menos, para evitar que todo se desmadre, porque con este nivel de pelea política no hay forma de acomodar nada, mucho menos la dinámica inflacionaria”, afirma un alto funcionario que suele interpretar al Presidente.

En el equipo de confianza de Fernández no hay doctrina pacífica sobre la forma en la que puede resolverse o atemperarse el conflicto, a pesar de que admiten que la arena del reloj se les sigue escurriendo entre los dedos y la urgencia es extrema.

Por un lado, se ubican los albertistas que siguen considerando, aconsejando y pronosticando una reunión sin intermediarios entre Fernández y Cristina Kirchner como única salida para acordar algunas cuestiones básicas y saldar deudas y acreencias.

En la otra punta de la mesa chica presidencial, están los que consideran que ese diálogo es de cumplimiento prácticamente imposible y que el Presidente debe resolver qué hará y cómo para relanzar su gestión y luego comunicárselo a la vicepresidenta sin esperar ningún encuentro cumbre. Confían en que eso es lo que está resolviendo por estas horas Fernández. Son los pragmáticos que saben que la conversación franca, sincera y descarnada entre el Presidente y su mentora nunca existió desde que se reconciliaron, a fines de 2017.

También son esos los que admiten que en cada crisis cedió Fernández y avanzó el cristicamporismo, sin obtener beneficios ni mejorar la gestión de gobierno. Si no es tiempo de revancha, que sea de reafirmación para sobrevivir. Algo es algo.

El enigma Cristina

La vicepresidenta sigue siendo un enigma difícil de descifrar (y de digerir) para Fernández y los suyos, más allá de que ella ya les haya esclarecido las dudas que originalmente podían tener respecto de su visión del Gobierno, la gestión y las cualidades del Presidente. El objetivo final de su embate y el de la corte que a ella le responde es motivo de desvelo sin solución para el entorno presidencial. Las discusiones sobre lo que se propone Cristina con su operativo de acoso y desgaste (cercano a la demolición) pueden alcanzar dimensiones metafísicas. Así como hay muchas verdades, también hay muchas racionalidades. Intríngulis que solo pueden resolver cristinistas consumados.

Un estrecho colaborador presidencial dice estar convencido de que ya al cristicamporismo le importa más tener razón que la gobernabilidad y, mucho menos, que el éxito de la administración.

“Están trabajando para que se cumpla la profecía que hizo Máximo Kirchner en su carta de renuncia a la jefatura del bloque. Ahí dijo que el acuerdo con el FMI iba contra los intereses populares y lo mismo repitió Cristina en privado, aunque más duramente. Si lo que pronosticaron no pasa y la recuperación llega, ese será su gran fracaso”. Mezquindades a la orden del día, mientras la sociedad sufre el día a día.

En tanto, el escenario que anteayer le ofreció Agustín Rossi al albertismo para representar su existencia fue una escenificación de lo que se proponen Fernández y los suyos en pos de, como mínimo, resistir hasta el final del mandato y, de máxima, relanzar el Gobierno. La sucesión de intérpretes de relativa popularidad y discutible arraigo territorial que se presentaron entonaron una misma melodía de una misma temática. El lamento de la división, los oratorios por la unidad y los cantos a la esperanza fueron el común denominador con el objetivo de recrear o construir una nueva mística, que la realidad se ha encargado de abortar sucesivamente.

Los albertistas hicieron un evidente contrapunto con el acto en el que el día antes se habían deparado sonrisas y celebrado coincidencias Axel Kicillof y Máximo Kirchner, también conocidos como Caín y Abel en la familia cristinista tras la disputa por la amarga manzana de la discordia de las elecciones primarias del año pasado. Obligados a compartir y preservar el cobijo de Cristina Kirchner y la casa común bonaerense, compiten por quién es más duro con la gestión de Fernández y su ministro de Economía.

Martín Guzmán y Santiago Cafiero siguen siendo representados con un blanco entre sus ojos por los cristicamporistas, aunque desde Olivos insisten en que sus cabezas no son prenda de negociación ni conciliación. Ambos aparecen en las múltiples formaciones de un posible nuevo equipo ministerial que se dibujan en Olivos y en la Casa Rosada. Salir de ese laberinto es un enorme desafío para la imaginación y creatividad de Fernández.

¿Concurso de murgas?

La proliferación de escenarios en los que ambos bandos de la interna kirchnerista expusieron abiertamente letras cargadas de filosas críticas e ironías llevan a trazar un inevitable paralelismo con el popular Carnaval uruguayo (siempre vigente y nada decadente), donde en cada tablado cada murga se juega su triunfo o su fracaso de la temporada. Quien desconozca este emblema oriental debe saber que se trata de un desafío muy serio para el cual los contrincantes se preparan a conciencia. Nadie improvisa sobre la marcha y cada cual trata de mostrar lo mejor de sí, sin descalificar al adversario. Otro país. Otra cultura.

El duelo abierto en el seno del oficialismo es de resolución compleja. A las escasas posibilidades que se le asignación a un entendimiento duradero entre el Presidente y la vicepresidenta por cuestiones de índole personal y estructural se suma la diferencia de visiones y proyecciones, que encarnan en intereses en conflicto.

El optimismo que anida en Fernández y sus ministros, anclado en las cifras de recuperación de la actividad económica (siempre cotejadas contra el peor registro), estimula la perspectiva de una salida de la crisis, que incluye un proceso de descenso de la inflación a partir de este mes.

Para los cristicamporistas ese pronóstico es un relato de ciencia ficción, que tiene por objetivo ganar tiempo, disimular ajustes presentes y futuros y eludir conflictos distributivos inevitables. Su futuro está en juego porque para ellos el de Fernández ya está sentenciado: lo dan por jubilado después de 2023.

Semejante disimilitud en el diagnóstico se traduce en diferencias casi irreconciliables respecto de las posibles soluciones y medidas por adoptar. La retórica juega un papel determinante y se hablan idiomas distintos.

Gobernabilidad y oposición

En tal contexto, todas las versiones que hablan de la fragilidad del Gobierno ganan verosimilitud, así como las discusiones sobre la gobernabilidad cobran dimensión y ocupan espacio en la agenda pública, más allá del sustento real de esas especulaciones.

El encuentro de un amplio espectro de dirigentes opositores el miércoles pasado en la casa del exgobernador salteño Juan Manuel Urtubey, gestada por el diputado Emilio Monzó, generó un impacto que excede la proyección de esa reunión tanto como la excepcionalidad que implica en la dinámica dirigencial de los últimos 20 años desde que el kirchnerismo partió en dos el mapa político.

La mesa compartida por gobernadores, legisladores e intendentes peronistas diversos (aunque todos anti K), radicales y exmacristas disparó dos interpretaciones, más allá de las intenciones de sus gestores y participantes.

Por un lado, magnificó las especulaciones sobre la gobernabilidad y el intento de construir una malla de contención política ante un posible escenario de crisis. Casi una reedición multipartidaria y multifuncional de la liga de gobernadores de 2001. Un problema para el Gobierno, en particular, y para el oficialismo, en general.

También, precipitó preocupación, sospechas y descalificaciones en la oposición cambiemita, sobre todo desde el macrismo trumpista y desde el entorno de Patricia Bullrich, en medio de su exitosa gira estadounidense. La posibilidad de que se trate de un intento de construcción de un nuevo polo opositor que termine reconfigurando o fragmentando el statu quo incomoda a muchos que ya imaginaban una competencia con los nombres y espacios ya conocidos.

Las urgencias dificultan la visibilización de los nobles propósitos a futuro que dicen haberse planteado los asistentes a la casa de Urtubey, sobre todo el de evitar que el sentimiento antipolítica crezca y el de construir confianza para darles sustentación a las reformas estructurales que el país necesita y que, coinciden todos, este gobierno dejará pendientes y con los problemas agravados. Él ahora es demasiado dominante.

“Abril será un mes de muchas resoluciones”, augura un estrecho colaborador presidencial, que exige estar muy atentos. Tiempo de definiciones (o de revancha).

Fuente: la nacion

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