El Presidente ante una encrucijada con pocas alternativas y todas de alto riesgo

POLÍTICA Por Eduardo van der Kooy
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Alberto Fernández sabe que la finalización de la Semana Santa lo expondrá a un desafío político ineludible e interpelante. Debe decidir cómo hará para continuar con su Gobierno. Los mayores problemas los enfrenta en su propia coalición, el Frente de Todos. Con Cristina Fernández al timón. Las disyuntivas que podría plantear la oposición pasan ahora a un segundo plano. 

Mensaje de advertencia para Juntos por el Cambio. De nuevo el peronismo, en sus frecuentes versiones camufladas, pretende abarcar íntegros los espacios que brinda el sistema democrático. Cada vez existen menos dudas, si antes no vuela todo por el aire, que el peronismo y el kirchnerismo cavilan ya una amplia interna para el 2023. Con el protagonismo garantizado de Cristina y la sombra que se empeñaría en hacerle el Presidente.

Alberto debe resolver, en lo inmediato, la dirección del juego. En un contexto económico y social extremadamente adverso. De sus conversaciones con su círculo político estrecho no surgen más que tres opciones. La primera: profundizar el combate contra el kirchnerismo, reticente a alinearse con el rumbo económico anclado en el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Anticipo que hicieron dos hombres clave de su dispositivo. Martín Guzmán, el ministro de Economía, y Santiago Cafiero. El canciller, que irrita a la vicepresidenta, sonó provocador: “El único imprescindible en el Poder Ejecutivo es el Presidente”, disparó.

La segunda alternativa es que, seducido por su lijado papel de equilibrista, intente prolongar su administración a media agua. En una ambivalencia. Como ahora. Tiene una dificultad objetiva: podría terminar de alejar a los sectores (gobernadores, sindicalistas y acólitos) que todavía significan un soporte para su poder. Podría quedar condenado a la soledad y, finalmente, rendido al kirchnerismo.

La tercera opción sería un extremo. ¿La renuncia?  ¿O un sometimiento a las exigencias políticas vertebrales de Cristina que le permitan concluir su mandato y aseguren la unidad del Frente? Los mensajes de los últimos días a los colaboradores no transmitieron aquella voluntad. “Si están dispuestos a hacer alguna locura (por el kirchnerismo) que la hagan. Pero que carguen con la responsabilidad histórica del desastre”, desgranó en Olivos una vez que dejó atrás los días felices de su paternidad.

Del análisis de las posibilidades presidenciales emerge un diagnóstico. La situación económica es mala, sobre todo por la espiral de la inflación. Sería imposible abordarla si antes no se soluciona –o al menos se ordena- el descalabro político que se observa en la coalición oficialista.

El reto consiste en saber cómo encontrar una salida. Además, interrogarse si esa salida, a dos años y medio de iniciada la experiencia en el poder, en efecto, existe. Alberto cree tener desde hace semanas una constancia. El malhumor social que impera parece atizado antes por las conductas del kirchnerismo que de Juntos por el Cambio. “¿Alguien puede pretender que no critiquen la inflación?”, exclamó. “¿Pero de dónde salen las constantes versiones sobre las renuncias de mis ministros?”, le escucharon razonar sus asesores.

A modo de ilustración –jamás es comparable una tragedia humanitaria mundial con una simple crisis política doméstica- podría trazarse un paralelo entre la situación de Alberto y la de su par de Ucrania, Volodimir Zelenski. El ucraniano sufre un acoso bélico brutal de parte de Vladimir Putin. Resiste y se reacomoda. Pide ayuda y, en cierta medida, la recibe. Pero el implacable líder ruso, sin medir costos ni consecuencias, se reordena para continuar con la ofensiva hasta el final. Alberto, como aquel, también está sitiado.

Afortunadamente para el Presidente sus enemigos son sólo la vicepresidenta y La Cámpora. Igual no es poca cosa dentro de la aldea política que representa la Argentina. Las diferencias, según quedó en evidencia la última semana, no se limitan a la inflación ni sólo a la economía. Cristina planteó duros cuestionamientos a los organismos internacionales –entre ellos el FMI, lógico- objetó a Washington, a la OTAN, enjuició la globalización y omitió cualquier referencia a la invasión de Rusia en Ucrania. No se trató de ninguna omisión errónea.

Su portavoz, el senador Oscar Parrilli, fue explícito durante una charla que brindó en el Instituto Patria, con la anuencia del ex canciller de Alberto, Felipe Solá. Criticó el voto argentino contra Rusia en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU. “Votamos en contra de nuestros amigos. Los que nos apoyaron en la guerra de Malvinas”, recordó. Opinó que la abstención hubiera sido lo correcto. Se trata del pensamiento fiel de la vicepresidenta. Casi al unísono, la dama calificó de inaceptable la presencia de una base de la OTAN en el archipiélago. Que controla Gran Bretaña como territorio colonial.

Tan importante como los dichos –o más, tal vez- resultó el marco donde fueron vertidos por Cristina. Una cumbre parlamentaria europea-latinoamericana que suele ser utilizada para debates multitemáticos. El kirchnerismo, para bochorno de muchos presentes, la inundó de militantes. Lo importante pareció ser el diseño de la exposición por encima del contenido. Cada palabra de Cristina que merodeó la política local fue saludada por los militantes con el voceo de “vamos a volver”. ¿No están, acaso? Parece claro que no sienten ahora ninguna pertenencia.

La vicepresidenta hizo regodear a la militancia cuando abordó el dilema sobre el “poder real o el poder formal”. Fue en ese tramo que aludió a la supuesta insustancialidad de la banda y el bastón que tienen los presidentes. Se tomó como referencia a Alberto. Quizá. Más trascendente aflora la facilidad con que se ubica como outsider del poder cuando forma parte esencial del mismo. Basta una referencia: sus discípulos manejan hoy exactamente el 70% de los fondos que pertenecen a la administración. Sarasa, comentaría Guzmán.

El papel de Máximo

Detrás de Cristina asoma el diputado Máximo, su hijo. Moldeado desde la juventud avanzada por las lecturas de su madre. Suscribe cada palabra, aunque puedan disentir mutuamente con decisiones del momento. Máximo hizo el mismo recorrido de su madre. Detestó a Alberto mientras fue crítico del kirchnerismo. Le quiso impedir, incluso, el acceso al velatorio de su padre, Néstor. Aceptó la reconciliación como única manera de sacar a Mauricio Macri de la Casa Rosada. Le pareció siempre un exceso de Cristina su unción como candidato a Presidente.

Mantuvo con él una relación cordial, aunque inevitablemente cargada de vaivenes. Se profundizaron durante la pandemia por la compra de vacunas –se opuso hasta que pudo, como su madre, a los contratos con Pfizer- y anticipó lo que haría si el Gobierno acordaba con el FMI. En una sesión de Diputados lanzó un interrogante que anticipaba el futuro: “Si un laboratorio (por Pfizer) nos hizo cambiar todo el mecanismo legal, ¿Qué vamos a hacer con el FMI?”, interrogó.

Cristina fue montando la coreografía de la ruptura en la alianza oficial con epístolas y redes sociales inauguradas con aquella frase crítica de “funcionarios que no funcionan”. Los golpes concretos, sin embargo, fueron propinados por Máximo. Su renuncia a la jefatura del bloque de Diputados. Su voto negativo al acuerdo con el FMI. Son cómputos del mismo Alberto.

Sobre esta realidad el Presidente debe dar sus próximos pasos. Con la prioridad de darle solvencia a un Gobierno que no la tiene. ¿La logrará con un gesto de autoridad frente a los K? Fue el gran interrogante que dominó las conversaciones del fin de semana en Olivos. Por lo pronto, Alberto consiguió algo. Sin escándalo logró que el secretario de Energía, Darío Martínez, habilite las audiencias públicas para el aumento de tarifas. Será en mayo para que rijan desde junio. Como Guzmán pactó con el FMI. A esa estrategia se había opuesto el subsecretario Federico Basualdo, a quien el ministro de Economía quiso echar y no pudo. Este salto pequeño no permitiría hablar en la lucha interna del oficialismo de vencedores o vencidos.

Apuntan a la Justicia

Quizá la tormenta que se aguarda estalle por otro norte. Cristina volvió a hablar en aquella cumbre de parlamentarios sobre lo que llama el “partido judicial”. Suceden muchas cosas. La semana anterior la Corte Suprema denegó todos los recursos que el empresario K, Lázaro Báez y el ex ministro Julio De Vido presentaron en algunas de sus causas de corrupción. Coincidencia: sucedió el mismo día que la vicepresidenta logró la media sanción en el Senado de la nueva ley del Consejo de la Magistratura. Soslayando cualquier participación del máximo Tribunal.

Se enlazan varias cosas. La Corte también tiene en estudio los recursos presentados por la defensa de Cristina (Carlos Beraldi) en causas de corrupción. Diputados ni siquiera comenzó a tratar en comisión aquel proyecto del Senado. Sufrirá cambios porque la oposición apoya la presencia del titular de la Corte a cargo del organismo. Si el proyecto queda empantanado Horacio Rosatti asumiría igual. Acorde a la ley que regía hasta el 2006.

Ese panorama explicaría la desesperación kirchnerista. Leopoldo Moreau calificó a Rosatti como “Napoleón de pacotilla”. Un juez de Paraná (¿cómo?) habilitó una cautelar contra el fallo de la Corte para demorar la designación de nuevos consejeros por el Congreso, que la oposición ya remitió. Deben ser avalados por Cristina y Sergio Massa.

Nadie sabe si lo harán. Tanta reticencia tiene explicación. El menú corto de la Justicia indica que falta designar un miembro de la Corte, el procurador general, tres jueces de Comodoro Py, tres camaristas federales. Nada de eso podría ser ajeno a la voluntad y las urgencias de Cristina.

Fuente: clarin

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