Frente de Todos, incubadora de oposiciones

ECONOMÍA Por Marcelo Falak
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Un día finalmente volvió. El "tractorazo" amarillo que se paseó el sábado por el centro porteño significó el regreso a la escena pública –tras las rebeliones adolescentes contra un virus en 2020– de una oposición de corte populista de derecha, una a la que hay que escuchar en sus reclamos sectoriales –algunos no carentes de razonabilidad– y, en paralelo, en su programa antisocial y en su retórica institucionalmente amenazante. El expediente simple de ningunear la movilización por la magnitud relativa que alcanzó puede ser pan para hoy y hambre para un mañana capaz de deparar sorpresas. Observar siempre es mejor que ignorar.

Es regla en el mundo: la pérdida, absoluta o relativa, del poder de compra de los sectores medios –urbanos o rurales– y su percepción como amenaza de los reclamos de quienes están por debajo de ellos en la escala social –y, suponen, deberían seguir allí por siempre– suele encontrar una salida, de proyecciones variables, por la extrema derecha. Esa nueva vuelta de tuerca del populismo PRO se expresa ahora en la aparición como actor social del colectivo CampoMásCiudad, al que se sumaron con algarabía tanto dirigentes que aspiran a ser el Bolsonaro argentino como otros supuestamente moderados.

Cristina Kirchner y Alberto Fernández se encargaron durante meses de ventilar en público sus reyertas, lo que vació de poder a la administración que –se supone– comparten y que –se supone también– debe gobernar un país que ha llegado, sin que se dé cuenta del todo, a una compleja encrucijada histórica. Ahora también compiten para instalar globos de ensayo sobre candidaturas imaginarias.

Esa interna agresiva a cielo abierto ventila ideas sueltas y rudimentarias, las desgasta prematuramente y pone en guardia a los posibles afectados. Así ocurrió, por ejemplo, con una eventual suba de retenciones para desligar, al menos parcialmente, los precios internos de los alimentos de las cotizaciones internacionales que impone la guerra en Ucrania.

En ese tema, el secretario de Comercio Interior, Roberto Feletti, confrontó con el inflexible ministro de Agricultura Julián Domínguez. Sobre llovido mojado: el sucedáneo que creyó encontrar Martín Guzmán para achicar la brecha entre los gobiernos oficial y blue fue el impuesto a la renta inesperada, uno que se anunció sin mayores precisiones y que terminó de poner en alerta a parte de la base agrícola. Como ya es norma, en este caso le tocó a otro funcionario de segunda línea, el secretario de Agricultura, el ex Confederaciones Rurales Argentinas (CRA) Matías Lestani, marcarle la cancha al ministro de Economía, a quien le advirtió que, a pesar de la soja de 630 dólares, “en el sector agrario no hay renta inesperada; tan simple como eso". Desde todos los sectores, cristinistas como el subsecretario de Energía Eléctrica Federico Basualdo y el interventor del Enargas Federico Bernal, o productores rurales que fungen intermitentemente como funcionarios, se le animan al titular del Palacio de Hacienda, quien flamea en el viento de otoño.

No importan ni la viabilidad ni la eficacia de las ideas con las que se corren las facciones de Todos. Solo valen los golpes de efecto que se dedican mutuamente, aunque eso active a sectores ya irritados por condiciones climáticas adversas y que cuentan con muchas palancas de influencia, los ayude a superar sus divisiones y a aglutinarse, les dé programa y los convierta en actor político.

En su panfleto de convocatoria al tractorazo del #23A, CampoMásCiudad se autopercibe como "una agrupación de ciudadanos apartidaria e independiente", lo que no impidió la adhesión de la Sociedad Rural Argentina (SRA) y de referentes –halcones y palomas sin distinción– del PRO y de otros sectores de Juntos por el Cambio. De acuerdo con el texto, la organización se propone "exigir el cumplimiento de los principios republicanos fundamentales", "defender la propiedad privada", "oponerse a toda transferencia de recursos que postergue el desarrollo de las regiones" y "promover la lucha contra la impunidad", entre otros objetivos.

Alzados tras la bravata y retroceso en ojotas del ministro de Seguridad, Aníbal Fernández, se distinguieron de otros manifestantes al movilizarse en un día no laborable, con infinidad de banderas argentinas, ejemplares de una Constitución que los aburre al llegar al artículo 14 bis y bolsas de residuos para dejar limpia la ciudad de Buenos Aires tras su retirada. Se sabe: ellos y ellas son la parte sana del país. Son la patria.

"El 23 marchamos para exigir que bajen el gasto político. No se trata de dinero. Se trata de dignidad. Es el reclamo de un pueblo que se cansó de vivir mal para que sus políticos vivan bien", postuló CampoMásCiudad.

"La riqueza de la que se adueñan la generamos nosotros. Los ciudadanos. Argentina nos pertenece. Quienes debían administrarla se apropiaron de ella. Es momento de recuperarla. Queremos nuestro país de vuelta. Nos lo van a devolver, por las buenas o por las malas". Ninguno de los firmantes quiso explicar qué significa eso de "por las malas".

 

Voceros oficiosos, en cambio, sí explicitaron lo que es casi un programa económico: salida del cepo y eliminación de retenciones para que el país produzca y exporte más. El mismo parece en verdad un plan sociocida, pero conlleva, pese a todo, un reclamo de fondo que el Gobierno haría bien en escuchar: la suma de las retenciones vigentes, el impuesto a las Ganancias y la pesificación forzosa de lo exportado a un tipo de cambio que es la mitad del libre genera el sentimiento de que se sufre una exacción.

 

Pero esos voceros van por más y reivindican también el mito de la nación grande del siglo XIX, a la que añoran volver. La Argentina es un país prehistórico que, o bien no deja registro escrito de su experiencia o, si lo hace, renuncia a leerlo. El Informe sobre el estado de las clases obreras en el interior de la República Argentina, encargado por el entonces ministro del Interior Joaquín V. González para abordar una situación social explosiva y presentado en 1904 por Juan Bialet Massé, describió "llagas (…) que es preciso presentar en toda su desnudez (…) para aplicarles el remedio más conveniente". Ese trabajo dio lugar a los primeros esbozos de legislación laboral y social, anterior al ascenso del socialismo y, mucho más, al del peronismo que formateó totalmente el país. Lo que CampoMásCiudad propone es un liberalismo predemocrático.

Mito fundante –la Argentina agropastoril–, pasado dorado a restaurar –el previo al peronismo–, un enemigo –la casta política–, clivaje patria-antipatria, lenguaje antisistema y la autopromoción de figuras mesiánicas capaces de ponerlo todo patas para arriba… ¿Alguien quiere populismo? Pues ahí lo tiene y del más duro.

Aunque la adhesión de figuras opositoras fue amplia, el discurso del campo antinacional y antipopular, que promete "no seguir financiando la soga con la que nos ahorcan", les cae como anillo al dedo a las Bullrich y a los Milei. Sin embargo, hay que insistir, su guion fue garabateado en los escritorios de funcionarios de un gobierno que no funciona debido al loteo horizontal de sus ministerios, en los que la cabeza representa a una facción del oficialismo, su segundo a otra y el tercero, vaya a saber a quién. Un loteo diseñado para pinchar con alfileres una unidad que tampoco se logra. ¿Cuál será la ganancia de ese estado de cosas, que se perpetúa a pesar de que el reiteradamente desautorizado Guzmán prometió –con supuesta garantía presidencial– que la gestión continuará "con los funcionarios que estén alineados”?

Por ese camino, el Gobierno devalúa su palabra y esteriliza sus iniciativas. Con los productores movilizados, ya no hay debate posible sobre retenciones. En tanto, al impuesto de nombre creativo le aguarda un muro en la Cámara de Diputados y, si logra transponerlo, en la Justicia.

El Frente de Todos se deleita, para mantener un equilibrio interno más supuesto que real, con llenar la agenda pública de iniciativas improbables. A las mencionadas cabe sumar el también testimonial impuesto a la fuga de capitales, mal que algunos dirigentes parecen descubrir décadas y cientos de miles de millones de dólares tarde y fantasean como panacea para pagarle sin dolor al Fondo Monetario Internacional (FMI). Ese papel también naufragará en el Congreso, en la Justicia o en los cajones del Tesoro estadounidense, que debería proveer información.

En el medio, el panorama noticioso se intoxicó en los últimos días con otro hecho digno de mención: la jugada de Todos –aprendida de los maestros de Juntos por el Cambio– para hacer mitosis en el Senado y ganar un asiento más en el Consejo de la Magistratura. El caso es un símbolo extraordinario de la Argentina del presente: un tema de enorme importancia se embarra en picardías, devoluciones de viejas trapisondas, indignaciones sobreactuadas, incapacidad del sistema para ordenar la institucionalidad, copamiento de un organismo clave por la cabeza de la Corte Suprema y garantía de falta de funcionamiento.

Mientras tanto, en el planeta Tierra, “vamos viendo" cómo hacemos para atacar en serio la tragedia de los precios y el encarecimiento de la comida.

Con el tramo electoral de 2023 a poco más de un año vista, el Frente de Todos se empeña en convertirse en una máquina de regalar banderas y de aglutinar oposiciones internas y ajenas. ¿Volverá a unirlo el espanto?

Fuente: letrap.com.ar

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