Dilaciones y berrinches en la cúpula y hartazgo en la platea

POLÍTICA Por Hugo E. Grimaldi
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La más escabrosa pregunta que se escucha por allí abajo con aires de sospecha dice: ¿es la ignorancia la que los mueve a dilapidar el tiempo de construir o en realidad es que ellos tienen intereses diferentes, no entre sí mismos, sino en relación a las necesidades de la gente? Para sostener ese crucial interrogante la sociedad tiene en claro que la economía es un descalabro, que el diálogo hacia afuera no existe más y que la institucionalidad es un mero decorado. Y especialmente tiene en claro que todo ello está presente en el debe gubernamental. 

Los sucesos entre ambos protagonistas, que han alcanzado por estos días los máximos picos de una tensión que estaba en el aire desde el minuto cero, corren a velocidad inusitada, pero se da una situación notable, ya que los dos elucubran respuestas que a pocos y nadie le interesa. El Presidente sólo parece gobernar para agradar a Cristina y si a veces parece que se ha puesto las pilas vuelve a recaer, mientras que la vice piensa casi únicamente en su futuro personal, derivado de las causas judiciales que la agobian y tiene a la Justicia y sobre todo a la Corte, en la mira, ya que será quien deberá juzgarla en última instancia.

La aparición pública de Fernández para inaugurar un gasoducto esencial que ni siquiera fue licitado, aceptando estar al lado de funcionarios que no le atienden el teléfono a su ministro de Economía y que se rebelan contra la baja de subsidios a las tarifas que se le prometió al FMI porque el Instituto Patria no lo valida es un ejemplo reciente de su recurrente sumisión. Ni que decir de haber soportado estoicamente el discurso del gobernador bonaerense, Axel Kicillof dedicado a alabar a toda la familia Kirchner, incluido a Máximo por haber sido el gestor del Impuesto a las Grandes Fortunas que servirá para pagar parte del tendido. En verdad, se necesitarán dos años para terminar tan importante obra y es probable que con los desafíos que hay por delante el envión se diluya, que el eventual incumplimiento genere una nueva frustración y que en invierno falte gas. Un clásico.

Por el otro lado, la partición del bloque de senadores que ordenó Cristina para asegurarse un asiento extra en el Consejo de la Magistratura, un voto más que le permita nombrar algún juez afín, ha sido el penúltimo aporte a la ofensiva kirchnerista contra la Justicia que va y que viene de acuerdo a sus necesidades. Cuando nombró al senador Martín Doñate, automáticamente reconoció el fallo de la Corte de reposición de los 20 miembros, algo que hasta el día anterior fue calificado como un "golpe institucional". Ahora, la demolición seguirá con el eventual cambio en el número de jueces de la Corte Suprema de Justicia.

Y hay que reparar que, si el Ejecutivo está entretenido en tironeos que a pocos le importan y si el Poder Judicial debate cuestiones formales, no es menor la parálisis del Congreso sólo sacado del ostracismo por este tipo de proyectos que apuntan a provocar antes que a legislar, ya que nadie es capaz hoy de armar consensos sobre los temas que verdaderamente importan. Cuando Sergio Massa le reconoció a la UCR la nominación de Roxana Reyes fue lapidado por el jefe del bloque peronista, Germán Martínez. Los radicales huelen a puesta en escena, porque además Martínez solicitó un amparo. Así, con las energías en otro lado, los problemas centrales de la gente quedan siempre en segundo plano.

En medio de todos estos dislates y pese a que se la embauca con el cuento de los empresarios voraces, que por otra parte son los mismos que en otros lugares no fabrican inflación para enriquecerse, la sociedad parece estar tomando acelerada conciencia de que la política le juega sucio porque hace que el gasto público se cubra con una emisión que ya ha superado todos los diques y tiene muy en claro que ésa es la causa primordial de la inflación. Su descrédito ante el uso de remedios fracasados es tal que ni siquiera las dos atendibles causas que exacerbaron la emisión y los precios internacionales (y por ende la inflación), como fueron la pandemia de Covid-19 y la invasión de Rusia a Ucrania, le sirven al Gobierno como excusa.

Está claro que el virus de la inflación afecta a todos y a los más postergados con mayor ponzoña. Buena parte de la población, los más necesitados, está sufriendo en lo inmediato los coletazos de la situación como un hecho de vida o de muerte, muchos cercados por el desempleo, la miseria, la droga y la inseguridad, mientras que hay otra porción que avizora para ellos y para quienes los siguen un futuro de mucha mayor oscuridad, habida cuenta de la mala educación, salud y Justicia que provee el Estado, lo mismo que otros servicios públicos caros e ineficientes. Ni que hablar del déficit crónico de viviendas que sufre la Argentina. En tanto, la inusitada presión impositiva de la Nación, las provincias y los municipios afecta (y desincentiva) sobre todo a las capas sociales que tienen alguna capacidad de inversión. Hay agujeros por todos lados.

Lo que en general sienten los ciudadanos es que nadie da pie con bola para atender sus problemas y que el de la inflación es el primero de ellos. Es más, la percepción generalizada es que por detrás hay algo que le conviene al Gobierno y que por eso no se la combate. No les falta razón. Hay todavía fanáticos o acólitos leales, pero cada vez son más las personas que parecen francamente decepcionadas de los líderes que eligieron quienes, a su vez, les dan todos los días sobrados motivos para estar envenenados. Está bastante claro que las necesidades de toda la sociedad por estas horas son totalmente diferentes a las intrigas de Palacio y que la depresión ambiente no es solamente un mal económico.

El bajoneo es evidente porque a muchos argentinos se les ha comenzado a caer la venda de los ojos. Así, se estaría rompiendo con una tradición que viene desde el principio de la historia, como confiar más en los papás (y mamás) salvadores -salvo los años que fueron desde Mitre a Alvear- que en las reglas institucionales que ha hecho grandes a otros países. El desengaño parece ser mayor porque se ha tomado conciencia que esos seudoprotectores le han sabido vender al cuerpo social durante muchos años no sólo peces de colores, sino los argumentos para explicar por qué destiñeron. Las actuales menciones al "neoliberalismo" en museos oficiales van en el mismo sentido, pero parece que hoy solamente esas chicanas sirven para fidelizar a los propios.

El caos que vive el grueso de la gente pasa no sólo porque se han descorazonado no sólo del "volvimos mejores" que hasta ahora no fue, sino porque esas creencias arraigadas parece que están llegando a su fin. Como si no les importaran los pasajeros de la nave, las dos más altas autoridades del país no sólo desatienden los instrumentos que les avisan de la tormenta, sino que se meten solos en ella. "Cuando no sabes hacia dónde navegas, ningún viento es favorable", decía Séneca.

Si a este paisaje de dilaciones y berrinches que le llega a diario y sin anestesia a la ciudadanía desde la cúspide del poder se le suma cierta pasividad de Juntos por el Cambio, enfrascado más que anticipadamente en sus internas (y en las internas de las internas) que en generar alternativas creíbles, mientras que de momento sólo parece esperar políticamente que el cadáver de su enemigo pase por delante de sus narices, entonces se comprende la combustible mezcla de bronca e impotencia que siente buena parte de la población ante la evidente parálisis que agobia al país.

Ante este panorama y desde lo práctico, para muchos el hartazgo de buena parte de la ciudadanía parece estar hoy pariendo una nueva configuración del tablero político, sobre todo desde los posicionamientos y habrá que ver si se hace en 2023 con o sin recambio generacional. El eventual rediseño tiene que ver de modo primordial con el deterioro que el kirchnerismo le ha propinado a la economía por acción y ahora, por omisión. Si se quiere, para conformar al núcleo que desparrama culpas solamente hacia los cuatro años de macrismo, se podría decir que durante los últimos 20 años se ha cocinado como caldo de cultivo la quiebra que hoy muchos avizoran y que la actitud de mirarse el ombligo de la actual cúpula gubernamental parece ser que ha colmado el vaso.

Todavía no escucha con la fuerza de 2001 "que se vayan todos", pero el cambio de estado de ánimo seguramente puede llegar a explicar el notorio ascenso de Javier Milei y también de la izquierda radicalizada en las preferencias ciudadanas y también el eventual birlaje de votos por derecha y por izquierda que podrían sufrir los dos conglomerados mayoritarios, hasta ahora los competidores con mayor músculo político. No es tan raro que el trotskismo pesque en el kirchnerismo desde el ángulo ideológico y entre los trabajadores, especialmente entre los que no tienen empleo. El caso más notable parece estar en Milei, quien podría captar a votantes del Frente de Todos, aunque muchos más de Juntos por el Cambio.

En las mesas de arena de la política se vienen haciendo diversos ejercicios de reagrupamiento de fuerzas, aunque aún todo parece un poco prematuro pese a que el hartazgo social podría ser un aliado de la plumereada que habrá que hacer en los viejos estantes. En la visión de muchas consultoras aparece por derecha el disruptivo Milei, quien quizás quiebre la unidad de Juntos por el Cambio desde el aporte socialdemócrata (Elisa Carrió y el radicalismo), aunque hay quienes suponen que a su vez la UCR también podría partirse y que Gerardo Morales podría hacer rancho aparte con Massa, mientras que hay otros que descreen que por izquierda Miriam Bregman y Cristina puedan ser compatibles. Teorías de la política para generar nuevas zanahorias que nadie sabe si esta vez prenderán.

Fuente: El Cronista

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