El Gobierno evita el fuego cruzado pero crece el fastidio interno por los ataques del kirchnerismo

POLÍTICA Por Joaquín Mugica Díaz
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“¿Cómo le vamos a contestar al “Cuervo” Larroque? ¿Para qué? Hay mil quilombos como para meterse en ese tema. Pareciera que no quieren ver lo que está pasando”, se sinceró un funcionario nacional al caer la tarde del martes, para marcar la posición de la Casa Rosada en un nuevo capítulo de la interna del Frente de Todos.

Ayer por la mañana, el ministro de Desarrollo a la Comunidad bonaerense y secretario general de La Cámpora alimentó las tensiones internas del peronismo protagonizando una nueva embestida contra el ministro de Economía, Martín Guzmán. Larroque es un dirigente que responde, sin intermediarios, a Máximo y Cristina Kirchner.

 
“No lo votó nadie. Me parece que en el 2021 hubo un veredicto a su política. Podemos seguir haciéndonos los tontos. Podemos seguir fingiendo demencia, pero también sepamos que está la gente de por medio”, sostuvo en una entrevista radial, en lo que fue un nuevo golpe del kirchnerismo a Guzmán, a quien quieren afuera del Gobierno.

En Balcarce 50 hay unidad de criterio sobre qué hacer con la interna. No se le contesta a nadie. No se entra en ese juego dialéctico que, entienden en el corazón del Gobierno, lo único que hace es dañar la gestión. “No vamos a comentar declaraciones”, indicaron en la Casa Rosada.

El enojo está presente en todas las entrañas del Gobierno. Y si bien no hay respuesta oficial a las críticas del kirchnerismo, las expresiones de fastidio internas dan cuenta del enorme desgaste por el sinfín de cuestionamientos que nunca terminan y que intentan boicotear las decisiones del Presidente. Una de ellas, quizás la más trascendente de los últimos días, fue la de respaldar y empoderar a Guzmán al frente del Palacio de Hacienda.

En el Gobierno creen que la interna está agotada y que lo único que generan declaraciones como las de Larroque es poner en agenda un tema que no está entre las necesidades de la gente. Es decir, la temática política está alejada de los verdaderos intereses de las mayorías.

En la Casa Rosada no van a alimentar el fuego cruzado, pero tampoco van a hablar de la unidad como objetivo principal de la gestión política. Están volcados a gestionar y a poner todo el énfasis en la agenda económica, principal preocupación de la sociedad. Sobre todo, las batallas que quiere dar Alberto Fernández para intentar contener la escalada inflacionaria.

La interpretación que hay en el albertismo es que el kirchnerismo está empecinado en continuar con una agenda que está completamente alejada de la gente. Ahí no solo aparece la interna del peronismo, que ya lleva largos meses condicionando todas las acciones de gestión, sino el interés específico de la vicepresidenta Cristina Kirchner por los temas judiciales.

Los hechos más claros que sobresalen de la agenda judicial son la conformación del Consejo de la Magistratura y el tratamiento de los proyectos parlamentarios para ampliar la Corte Suprema, que esta semana comenzarán a tratarse en el Senado.

Un dirigente cercano a Alberto Fernández ejemplificó la desconexión que creen que tiene el kirchnerismo de la agenda de gestión con absoluta sencillez: “Es como que se te esté incendiando la casa y le estés contando a un amigo los problemas que tenes con tu novia”. Dos miradas sobre una misma realidad. Una descripción del momento que atraviesa el gobierno nacional.

En el albertismo aún les cuesta entender la “obsesión” del kirchnerismo por seguir alimentando la crisis interna. Y cuando hacen revisionismo histórico recuerdan que Fernández fue elegido por Cristina Kirchner por tener un perfil moderado y dialoguista, dos virtudes que lograron convertirlo en un punto de unidad y que permitieron el acercamiento de Sergio Massa, el Frente Renovador y muchos de los gobernadores del PJ.

“Ahora lo cuestionan por su moderación y su inclinación a buscar diálogo con todos los actores. ¿Quién los entiende?”, reflexionó un funcionario nacional con acceso al despacho presidencial. Un hombre de confianza del primer mandatario fue aún más terminante. “Sin Alberto, el Frente de Todos desaparece. Se desintegra. Porque Alberto es el centro y el vértice de la unidad de toda la coalición”, sentenció.

En la Casa de Gobierno hay cierto cansancio por los pormenores de la interna peronista. Idas y vueltas que no conducen a nada. Si bien hay sectores que intentan construir puentes con el ala K, cada vez que aparece una declaración que alimenta la ruptura sienten que el trabajo ha sido en vano.

Además, saben que la única forma de reencausar la vida interna de la alianza oficialista es que el Presidente y la Vicepresidenta se sienten a hablar cara a cara. Si ese acuerdo no existe, el Frente de Todos no tiene destino.

De todas formas, siguen adelante, intentando convencerse que no hay 2023 si el peronismo está todo partido. Sin embargo, en Balcarce 50 hay una decisión tomada de gestionar sin que el kirchnerismo duro y La Cámpora puedan condicionar la agenda del Presidente.

Después de las críticas de Máximo Kirchner y Andrés Larroque durante la marcha de La Cámpora el 24 de marzo, y el libro que Cristina Kirchner le regaló al Presidente por su cumpleaños, que retrata el final anticipado del gobierno de Raúl Alfonsín, la gestión, en manos de Fernández, empezó a tomar otro rumbo.

El jefe de Estado empezó a construir una gestión con absoluta autonomía, movimiento que el sector del peronismo que le responde se cansó de reclamarle a lo largo del 2021. Esa decisión, según explicaron desde el entorno del Presidente, fue la tan esperada señal de autoridad que le pedían desde las filas oficialistas disgustadas con el kirchnerismo.

En este nuevo tiempo de gestión, Alberto Fernández retomó una actividad que realizó durante el segundo tramo de la campaña electoral del año pasado. Ir a algunos barrios del conurbano a hablar con los vecinos y conocer sus reclamos de primera mano. Mostrarse cerca de la gente. Empatizar. Bajar al territorio e intentar diluir el aire espeso de la interna interminable.

El trabajo es monitoreado por el asesor catalán Antoni Gutiérrez Rubí, que el año pasado logró que Fernández sea más prolijo en sus discursos y que evite caer en errores no forzados. En aquel entonces, la intención de la estrategia fue acercarlo a la gente, humanizarlo y ponerlo en contacto cara a cara con los temas centrales que afectan el día a día de la mayoría de los ciudadanos.

Al igual que en ese momento, la inflación y la inseguridad aparecen primeros en la tabla de problemas que más preocupan a los argentinos. En cambio, la falta de trabajo y la escolarización de los chicos, muy afectada por la pandemia en los años 2020-2021, ya no están en los primeros puestos.

Fernández realiza una actividad de cercanía por semana. Le sirve de termómetro para palpar el enojo y la desilusión -o la aprobación y la aceptación- que puede aparecer en distintos barrios del conurbano bonaerense por los hechos de la gestión o por todo lo contrario, lo que no se hizo en este tiempo de gobierno.

Fuente: Infobae 

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