La crisis que ya huele a golpe de Palacio

POLÍTICA Por Eduardo van der Kooy
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Tal vez, con su natural brutalidad oral, el ministro de Seguridad, Aníbal Fernández, formuló el diagnóstico más aproximado sobre la crisis que encierra al Gobierno y a la coalición oficial, el Frente de Todos. Al retrucar las nuevas críticas disparadas por el ministro de Desarrollo Social de Buenos Aires, Andrés Larroque, explicó: “Los ataques son en verdad contra el Presidente. Sucede que recurren a algún muñeco para pegarle. Pero el destinatario final es siempre Alberto”. 

Aníbal no reparó en que aquel “muñeco” es Martín Guzmán, el ministro de Economía. Eje de un escándalo que, por otras evidencias, pareciera constituir sólo un objetivo dentro de una ofensiva mayor que despliega el kirchnerismo. En ese tramo la mirada del encargado de Seguridad sonó correcta. Aunque haya usado para ilustrarla una figura que difícilmente halague al académico de la Universidad de Columbia.

Larroque dijo, de verdad, cosas tremendas. Por ejemplo, que “el Gobierno es nuestro”. Colocando a Alberto Fernández casi en papel de usurpador. Lo acusó, por otra parte, de “forzar la ruptura con operaciones de desgaste sobre la figura de Cristina Kirchner”. Reclamó que “escuche”. Que no piense “en llevarse el Gobierno a la mesita de luz”.

Las declaraciones del ministro de Desarrollo Social bonaerense podrían ser interpretadas, en otro contexto, como un gesto político con escaso anclaje. Un simple exabrupto. Todo lo contrario. Su hilo argumental hilvana con una aparición en redes de la vicepresidenta, otra de Máximo Kirchner y una más de Axel Kicillof. Los exponentes principales del proyecto de poder kirchnerista, agazapado por ahora en Buenos Aires.

Cristina lanzó un mensaje tan corrosivo contra Alberto como el de Larroque. Con elegancia distintiva. Usó de excusa una reunión que mantuvo en su departamento con la periodista española Pilar del Rio. Esposa del fallecido Premio Nobel de Literatura, el portugués José Saramago. Le sirvió para recordar el primer encuentro entre ambas en 2003. Justo cuando Néstor Kirchner debía enfrentar a Carlos Menem en un balotaje que nunca sucedió. Describió la incertidumbre de ese tiempo con una pregunta: “¿Cómo íbamos (ella era legisladora) a hacer para gobernar el país después de la crisis del 2001 con apenas el 22% de los votos?”. Aseguró que su respuesta fue que “nos íbamos a legitimar gobernando… porque se podía ser legítimo y legal de origen, pero no de gestión”.

Allí radicaría el punto del divorcio entre el kirchnerismo y la administración de Alberto. Existe en los sectores duros del Frente de Todos, la convicción de que el mandatario se ha deslegitimado. Sobre todo, desde que la pandemia se corrió como el gran telón de los males. El punto culminante fue, sin dudas, su decisión y la de Guzmán de cerrar el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI).

Larroque tradujo en palabras aquella interpretación. “Si vos te cortás sólo por lo menos trae resultados”, demandó. “Nos quieren hacer creer que así hay alguna perspectiva de triunfo. Acá los que están construyendo la derrota son Guzmán, Kulfas (Matías) y Moroni (Claudio). Y, por carácter transitivo, Alberto Fernández”, fulminó.

Ese juego público e impúdico contó con otro par de actores. El diputado Máximo K fue el encargado de inaugurar la escalada nueva. Durante un acto en suelo bonaerense, se preguntó haciendo un juego manual con sus anteojos: “¿Me llama poderosamente la atención y lo digo con toda la buena voluntad del mundo que nuestro ministro de Economía, Martín Guzmán, dice que él hace su trabajo, pero no se involucra en estas disputas de poder. ¿Y entonces qué vamos a hacer?”, se quejó.

El gobernador de Buenos Aires también hizo su parte. Dijo que durante el fin de semana había estado revisando balances de empresas importantes. “A las que les va muy bien. Y ganan plata. No está mal que ganen plata”, agregó. Un latiguillo siempre usado por Cristina antes de iniciar el consabido pase de facturas. Kicillof fue un calco. Sostuvo que esas empresas debieran ser más generosas en la distribución. “De lo contrario algún día no van a tener a quien venderles”, advirtió.

El cerco tendido por el kirchnerismo contra Alberto no debiera, en primera instancia, llamar a confusión. Es cierto que la ofensiva huela ya a un golpe de Palacio. Pero no estaría ahora en el espíritu de la vicepresidenta forzar una situación que habilite la línea sucesoria. Ella misma no parece dispuesta a hacerse cargo en medio de esta crisis. Que la hipotética desestabilización política agravaría. Se suma el diseminado y hondo descontento social por múltiples razones.

Tampoco se trataría de abrir de nuevo las puertas del laboratorio. ¿Cuál? Permitir el acceso a Sergio Massa para que concluya este mandato. Las inestabilidades del titular de la Cámara de Diputados no ofrecen garantías. Cristina no terminó de digerir aún el fracaso en que derivó su acuerdo con Alberto. Uno más de su voluminoso manual político.

La meta cercana sería canjear completo el equipo económico por otro que entienda una curiosa premisa que domina en estos tiempos los debates kirchneristas. “Hay que distribuir para crecer. No crecer primero y luego distribuir”, razona un importante dirigente de La Cámpora. Bajo ese apotegma podría arrimarse una conclusión: solo debería hacerse cargo de la economía algún hombre emparentado con la vicepresidenta. Que termine saldando a su favor la durísima disputa con Alberto. “Hay que mirar cerca de Axel”, orientó aquel mismo portavoz.

Se observa desde un atalaya neutral una diferencia entre los bandos en pugna. Cristina tiene una tropa alineada. Con difusores públicos dispuestos a todo. Alberto deja traslucir, en cambio, ciertas debilidades. No solo porque los hombres más apuntados (el equipo económico) se defienden desde el silencio. ¿Resulta útil que uno de sus batalladores sea ahora el ex piquetero Luis D’Elia? ¿Resulta prudente que el propio Presidente retruque, como lo hizo desde La Pampa, al ministro Larroque? ¿No tiene para ese cometido a nadie más? Aníbal hace lo que puede.

Otros asuntos también asoman desalineados para Alberto. La Confederación General del Trabajo (CGT) desistió participar en la celebración del Día del Trabajo. La posta fue tomada por los movimientos sociales afines al oficialismo. Especialmente el Evita. Se afirmó que apuntaban a respaldar la gestión presidencial. Tuvieron un matiz bastante contestatario. Sobrevolaron críticas al acuerdo con el FMI; mencionaron la “pelea payasesca de Palacio”; pidieron más leyes y hasta quizás un ministerio para los sectores de la economía popular.

Es verdad que aquellos movimientos sociales advirtieron “que no son funcionales al debilitamiento del Gobierno”. Tampoco, por lo visto, a su defensa incondicional e irreductible. 

Fuente: Clarin

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