Fernández podría reencarnarse

POLÍTICA Por Pablo Mendelevich
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Debate de ideas un poco raro. No se atienden el teléfono, mucho menos se juntan para hablar, no chatean ni hacen un Zoom, apenas se saludan por Twitter -prueba de su buena educación- cuando nace un hijo, acontecimiento inhabitual, huelga aclararlo. 

Las ideas son intercambiadas a través de los medios de comunicación, es decir, por una vía que desde hace años los protagonistas repudian con la yugular sobresalida por el fervor militante. Es que los medios son el enemigo, repiten sin descansar más o menos desde que comenzó el siglo. En general agregan el adjetivo “hegemónicos”, pero lo mismo da, porque está visto que a los no “hegemónicos”, o sea a los “propios”, en sus dos categorías, estatal y paraestatal privada, no les asignan importancia alguna.

Ni el peronismo ni Juntos por el cambio convalidaron jamás que hubiera debates, críticas, peleas a través de los medios. Mucho menos estando en el gobierno. Ningún gobernante privilegia los canales mediáticos para tramitar acuerdos o desacuerdos con socios y aliados. Ni acá ni en ninguno de los países en los que gobiernan coaliciones. El Frente de Todos, claro, no es una coalición sino un frente peronista, pero a sus ideólogos les gusta usar esa figura de acento europeo con sabor a democracia parlamentaria.

Se supone que en una democracia hay partidos políticos (pocos recuerdan que desde hace un año Alberto Fernández incluso preside uno, el Justicialista) y que los debates, puertas adentro, son intrapartidarios e interpartidarios. Siguen una agenda y esa agenda define un orden. Hubiera sido razonable, por ejemplo, que al irrumpir la pandemia las distintas vertientes peronistas que forman el Frente de todos se hubieran puesto a ver qué hacen delante de algo tan inesperado, tan nuevo, tan disruptivo. Pero lo que ahora está bajo discusión, lo dicen los propios discutidores, es el modelo económico, asunto sin sorpresas. ¿No lo podían haber charlado antes de presentarse a elecciones? (pregunta retórica, la respuesta es obvia).

Como sea, esto está escalando. No tanto porque Alberto Fernández mandó a sus ministros a contestar el discurso chaqueño de la vicepresidenta sino porque él mismo con su réplica del pasado fin de semana cruzó una raya. Dijo textualmente: “En mi gobierno no he ocultado nada, toda la verdad está sobre la mesa, nunca oculté los problemas de la Argentina, nunca me hice el distraído frente a la pobreza, a la desigualdad, ni falta de trabajo. Soy peronista. Cuando me entero de un problema le pongo el pecho y veo cómo lo enfrento”.

Decirle algo así a un interlocutor cualquiera es más o menos común en una discusión. “Yo siempre ando con la verdad, siempre enfrento los problemas”, sería el formato estándar (para ahorrar bytes pasemos por alto la credencial “soy peronista” como garantía de verdad y búsqueda compulsiva de soluciones). Pero decirle yo ando siempre con la verdad a quien intervino las estadísticas oficiales para falsificar los datos de inflación, de pobreza y engañar a los acreedores externos es otra historia. Sobre todo, si el dicente ya se lo espetó antes a la misma destinataria, arrebato de franqueza súbitamente abortado a cambio de un cargo en el Estado. Bueno, a cambio del cargo más alto del Estado.

¿Está volviendo el tercer Fernández?

De un total provisorio de cuatro Fernández, según clasificaciones taxonómicas convencionales, el primero era un hombre de la derecha, dicho así, en lenguaje K despreciativo, no por su discutida subordinación a las revolucionarias ideas del general Onganía sino por la mejor documentada pertenencia al partido de Domingo Cavallo, que le permitió acceder a una banca de legislador porteño (la única vez que fue a elecciones antes de ganar las presidenciales de 2019) y compartir trinchera con la videlista Elena Cruz.

Duradero jefe de gabinete, el segundo Fernández resultó leal a sus dos mentores hasta 2008, cuando renunció disgustado con la guerra con el campo y fue sustituido por Sergio Massa. El tercero denunció a Cristina Kirchner con acusaciones tan neutrónicas que llegaron a incomodar a los antikirchneristas de la primera hora, porque los hacía quedar como cuasioficialistas. El cuarto repudió su propia denuncia; en corto tiempo alcanzó la presidencia. En realidad, no se autorepudió. Cual capítulo criollo de Black Mirror, se borró el pasado. Hasta se presentó transformado en otro en sede tribunalicia después de haber dicho que “Cristina sabe que ha mentido; el memorando firmado con Irán sólo buscó encubrir a los acusados”, y expresó todo lo contrario. Michel Gondry podría haber hecho con los Fernández la parte dos de El eterno resplandor de una mente sin recuerdos.

El feroz crítico de Cristina Kirchner se esfumó. Para la vicepresidenta sólo reservó halagos, especialmente los días en que ella lo fustigaba desde una tribuna o con alguna carta.

Pues bien, es hora de preguntarlo: ¿se viene el quinto Alberto Fernández, una reencarnación del tercero? Por ahora el presidente sólo parece haberse atrevido a sugerir que todavía recuerda el pasado. O por lo menos recuerda cuando Cristina Kirchner malversó las estadísticas oficiales. Tampoco se olvidó de que Axel Kicillof decía que no había que contar a los pobres para no estigmatizarlos. Lo que en principio estaría indicando que su memoria no fue objeto de una ablación ni nada semejante, no borró los archivos, sólo los guardó en un cofre de difícil acceso quizás con un cartel que dice abrir en última instancia.

Lo que ahora soltó –alusiones sutiles al fraude del Indec de Guillermo Moreno- no se sabe si son recuerdos difuminados, tibios, del tercer Fernández o la punta de una carpeta de la que se podría tirar un poco más tanto como devolverla al cofre.

Véase que en esto de escalar el debate de ideas el presidente no actuó solo. Martín Guzmán, su ministro de Economía, fue el encargado de contestarle a Cristina Kirchner “desde lo técnico” -así dicen en Casa de Gobierno-, pero resulta que le dijo que cuando ella gobernaba había problemas de consistencia macroeconómica. “La dinámica externa no era sostenible”, expresó Guzmán. Se considere este señalamiento suave o duro, lo cierto es que se trata de la primera vez que un ministro de Economía en ejercicio del kirchnerismo-peronismo cuestiona el desempeño económico de Cristina Kirchner. De ella, no de un subalterno.

En la entrevista que le dio ayer en Madrid al diario El País el Presidente usó la pandemia para explicar la decepción de Cristina Kirchner con el gobierno. Ella “desatiende” la pandemia, sería el resumen, por eso está tan exigente. ¿Significa que sin pandemia Cristina Kirchner y su hijo hubieran aplaudido el acuerdo con el FMI? Pero más interesantes son los argumentos que Fernández desgrana cuando el periodista Carlos E. Cué insiste y le pregunta por qué estas críticas internas tan duras de su vicepresidenta. Fernández responde mezclando su propuesta de que el próximo candidato presidencial peronista salga de las PASO con la idea de que en el Frente de todos se abriera un gran debate. “Veo con alegría ahora que ese debate es bienvenido”, dice, cuando en realidad lo que se debate –para seguir con el verbo oficial- es la orientación general de la economía.

Y anticipa cómo va a vestir el nuevo giro, si hubiera nuevo giro: simplemente reflotando al tercer Fernández: “Yo he sido públicamente crítico con su gestión de gobierno; todo el mundo sabe que tengo una mirada diferente”.

Lo mejor llega cuando se quiere saber si imagina ir a internas contra Cristina Kirchner. “Yo no estoy pensando en 2023. Estoy pensando en qué puedo hacer para que esta guerra se termine”. No se aclara si habla de la guerra de Ucrania o del debate de ideas con la vicepresidenta.

Al presidente Fernández no le va a temblar el pulso si tiene que desdecirse de nuevo. Nadie discute el coraje que ha mostrado en esta materia. Al revés, lo que no se entendía era por qué razón nada sacudía su estoicismo. Ahora la duda no se refiere a cómo vestiría él un nuevo giro sino a algo mucho más trascendente: si efectivamente proyecta una confrontación con quien lo puso en la presidencia, cosa que abre un sinnúmero de interrogantes políticos e institucionales, o si cree que después de mostrarle la memoria encarpetada, quién sabe junto con qué otras carpetas, cree que va a poder renegociar el acuerdo societario.

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