Con el silencio de Cristina, no alcanza

POLÍTICA Por Eduardo van der Kooy
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Empieza a instalarse la impresión de que alguna de las piezas de la tregua implícita pactada entre Alberto y Cristina Fernández no estaría funcionando. Han transcurrido dos semanas desde que los bandos de uno y otro cesaron las hostilidades públicas después del portazo de Martín Guzmán. El mismo tiempo desde que se anunció la llegada de Silvina Batakis al Ministerio de Economía. Seis días desde que se divulgaron las primeras medidas. Nada resulta suficiente, sin embargo, para reponer interna y externamente una cuota de confianza. 

Quizá la mayor dificultad radique en la génesis de aquella tregua. Fue construida sobre el miedo que produjo la mega crisis atizada por la salida del ex ministro. No pensando en la hipoteca que podría representar para la coalición oficialista la elección del 2023. Simplemente, para que no se escurra la gobernabilidad de este tiempo. Por esa razón, el panorama que se observa continúa siendo de extrema debilidad.

La ministra se presentó en sociedad rodeada de funcionarios importantes. Entre ellos, los ministros Daniel Scioli y Julián Domínguez y el titular del Banco Central, Miguel Pesce. Todos, afines al Presidente. El gambito kirchnerista saltó a la vista. La compensación pretendió ser la presencia de Axel Kicillof, su viejo adversario, en la asunción. Una foto de Batakis junto al ministro del Interior, Eduardo De Pedro. La divulgación de sus consultas con la vicepresidenta.

Sabor a poco para intentar rearmar unas expectativas políticas demolidas a golpes de palabras. La tarea de demolición fue ejecutada por Cristina a partir de octubre del 2020 cuando se despachó con “los funcionarios que no funcionan”. Tuvo una reaparición luego de la derrota en las PASO del 2021 que forzó un cambio de Gabinete. Con cuatro actos y discursos en algo más de un mes, consumó la última ofensiva que Guzmán no aguantó.

El puñado de hombres del Presidente y el kirchnerismo valoran ahora el silencio de Cristina como una bendición reparadora. Única evidencia perceptible sobre la existencia de la tregua. Es cierto que hay silencios más elocuentes que una parva de palabras. Hay silencios que avalan, otros que condenan y duelen como una daga clavada. La política suele ser un juego de palabras y silencios. Pero estos derraman siempre una ambigüedad que la palabra pública apropiada disipa. Es lo que ha preferido no hacer ahora la vicepresidenta. Estorba así la reposición de la confianza.

Aquel largo derrotero oral de Cristina no sólo expulsó al ex ministro de Economía. Dañó seriamente el dispositivo de poder que ella inventó en 2019 para ganar las elecciones. Alberto es un mandatario políticamente enclenque al que sólo Aníbal Fernández, el ministro de Seguridad, incentiva su ánimo con las desmesuras. Una supuesta magia de gestión y el proyecto reeleccionista.

Aquel silencio de Cristina admite licencias de dirigentes que orbitan en torno a ella. ¿O alguien duda de lo que ocurre con el piquetero Juan Grabois, el sindicalista Hugo Yasky, el celador bonaerense Roberto Baradel o la economista, ex diputada y empleada del Senado, Fernanda Vallejos? Esas voces apuntaron contra Batakis por (palabras más, palabras menos) “enviar señales a los mercados y olvidarse del pueblo”.

La disputa entre Alberto y Cristina no sólo se ha nutrido de aquella combinación entre silencios y palabras. La vicepresidenta inició un proceso de acercamiento con organizaciones que, hasta ahora, sólo le dispensaban tirria. Observado bajo otro cristal, podría hablarse de un vaciamiento de la plataforma presidencial. Se mencionarían a la Confederación General del Trabajo (CGT) y a los movimientos sociales. El Evita y Barrios de Pie integran el Gobierno, en estamentos del Ministerio de Desarrollo Social.

Hace dos semanas sorprendió la visita del jefe del gremio de Sanidad, Héctor Daer, al Senado. Uno de los sostenes de Alberto. Se difundió su fotografía junto a la vicepresidenta. En ese encuentro tuvo que ver la intervención de la senadora ultra K, Juliana Di Tulio. La audacia de Daer destapó intrigas en la central obrera.

¿Recriminaciones? En efecto. No por haber concurrido. Por haber dejado afuera a otros dirigentes importantes de la organización. No sería el caso de Pablo Moyano, uno de los secretarios cegetistas, que prefiere comportarse por el momento como francotirador. Batakis recibió sus municiones. La semana pasada se escribió el segundo capítulo en la oficina de Cristina. Asistieron Andrés Rodríguez (ATE), Luis Lingieri (Obras Sanitarias) y Gerardo Martínez (UOCRA). El sindicalista que a fines de mayo montó un acto en Esteban Echeverría para empoderar al Presidente. No lo habría logrado.

Los cegetistas han sido corridos por los movimientos sociales. Aunque lo nieguen, resignaron la calle desde que se fue Mauricio Macri. Desean recuperar terreno y hurgaron el consentimiento de Cristina. ¿No lo tienen de parte del Presidente? Silencio. La inflación, que fue de 5,3% en junio (64% anual), promete por el desarrollo de la mega crisis alcanzar al menos el 8% este mes. Los salarios se devalúan, los gremios exigen la reapertura de paritarias que fueron cerradas hace poco. “No podemos ir en contra de Alberto. Tampoco quedarnos paralizados”, confesó, resignado, uno de los Gordos.

El antiguo compromiso de la CGT con el Presidente y la realidad objetiva desata discusiones desopilantes. Los dirigentes confirmaron que se hará el 17 de agosto una marcha “contra la inflación”. Luego la engalanaron: “Por la Patria”. Sarasa en la jerga de Guzmán. La necesidad los torna creativos. La reciente reunión con Cristina pudo haberlos motivado: “Buscamos una oxigenación de las demandas”, explicaron. A la medida del relato kirchnerista. La simbología también figura en la agenda de negociaciones. Se concentrarían en Plaza de Mayo para marchar hacia el Congreso. Como si Diputados y el Senado tuvieran responsabilidad en la crisis económica de la cual buscan exculpar a la Casa Rosada.

Los movimientos sociales oficialistas soportaron un padecimiento similar al de los Gordos. La decisión de sumarse a la protesta masiva de los grupos piqueteros se cristalizó después de la alianza (¿circunstancial?) de Grabois con el líder del Polo Obrero, Eduardo Belliboni. En la cual, dicen los ponzoñosos, pudo haber existido un guiño de Máximo Kirchner. “Nos vamos a quedar solos, Alberto. Te vamos a ayudar a contener”, explicó uno de los tres dirigentes que integran el Gabinete. El Presidente es una acuarela de la resignación.

El mayor problema no es el gentío callejero. Tampoco la sensación de un Gobierno que va quedando aislado. La dificultad consistiría en la convergencia de todos sobre ciertas demandas. No se pone en duda ni la reapertura de las paritarias, ni un posible bono a los jubilados. Los movimientos sociales oficialistas también promueven el Salario Básico Universal. Que Grabois y Belliboni suponen que podría saldarse con un incremento de 5 puntos a las retenciones del campo. Idea que germina en el kirchnerismo.

Estaría pensado para 7,5 millones de trabajadores informales. Representaría aproximadamente un 1,8% del PBI. Unos $ 300 mil millones de costo fiscal. Batakis aclaró que se trata de un proyecto impagable en esta coyuntura. Pero la presión aumenta desde afuera y adentro del oficialismo. La nueva ministra pareciera tan acosada que el Fondo Monetario Internacional (FMI) resolvió salir en su auxilio. Su portavoz, Gerry Rice, elogió “los esfuerzos” para contener el gasto público. Se trata de esfuerzos que, de verdad, nadie sabe si podrá cumplir.

¿Quién garantizará, por ejemplo, que se acate el congelamiento anunciado en la planta del Estado? ¿Valdría para los nuevos o también para miles y miles de contratados que renuevan su permanencia cada año? Basta en reparar con lo que la camporista Luana Volnovich está haciendo en el PAMI para fomentar la duda. ¿Podrá Batakis, además, sentarse sobre las finanzas estatales y evitar, como dijo, que se gaste más de lo que ingresa?

En este punto aflora una diferencia conceptual en el poder que, más allá de los apremios, no ha logrado ser saldada. Batakis sigue haciendo hincapié en controlar el déficit fiscal. Alberto manifestó la misma intención durante un acto en Berazategui. ¿Por qué razón? Ambos coinciden en la incidencia que tal desacople tiene sobre la inflación. Exactamente opuesto a lo expresado por Cristina en sus dos apariciones últimas.

Dentro de este laberinto se mueve Batakis. Encontró las cuentas públicas peor de lo que le había confiado Guzmán. De allí algunos manotazos que dejaron mal parado a Pesce. El titular del Central había afirmado, para calmar los ánimos, que no se preveían nuevas medidas con el dólar turista. La ministra activó una sobrecarga del 10%. Restricción al turismo. El cepo se engorda.

La única intervención de Cristina fue a través de un tuit del Senado para desmentir los temas abordados en la nueva reunión junto a Alberto y Sergio Massa. La dama está muy incómoda con la nueva situación porque no querría aparecer cogobernando, como lo hace. No la inhibe el pudor. Sí, la posibilidad de que la marea de la crisis –si las recetas no surten efecto-- la arrastre también a ella.

Aquella incomodidad se extiende en el plano judicial. La Unidad de Información Financiera (UIF) pidió su absolución en el juicio por la obra pública en beneficio de Lázaro Báez. En verdad, pidió la de todos los principales implicados. Una desprolijidad política si lo que se pretende es salvarla a ella.

Lo importante es lo que está por venir. Sobre todo, el alegato que tiene redondeado el fiscal Diego Luciani para acusar a Cristina. A juicio de los que saben, merecedor de ser a futuro colgado como un cuadro.

Fuente: clarin

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