Un país que apenas parpadea

hoy

Bajo la potente luz blanca del quirófano, se ve bien.

 El paciente está grave, ¿qué digo grave? ¡Gravísimo!

 Sin un diagnóstico correcto, no hay cura posible.

-Fábrica no entrega.

-Precio no tengo.

-No, es uno por persona y eso a vos, porque sos cliente.

-Me dicen que entra la semana que viene, pero viste cómo es.

-Me quedé sin y no sé cuándo va a entrar de nuevo.

-Sí, te tengo anotado, pero no consigo el repuesto, apenas esté, yo te llamo. Eso sí, ni idea cuándo, eh. Puede tardar.

-Si querés llevátelo y pagámelo cuando me den el precio, ahora no sé cuánto vale.

-No, presupuesto no te puedo dar ahora, no estamos haciendo trabajos.

-No, ¿esa placa? ¡Olvidate! La tengo pedida hace dos meses, pero me dice Casa Central que por ahora, nada.

-Te lo tomo, pero en dólar blue, fijate.

-No, esos platos en el menú ya no están, fíjese, no, no estamos consiguiendo la materia prima.

En todo el país estas frases se repiten y nadie necesita que le expliquen nada porque ser argentino es tener aprobadas todas las materias de la escasez.

Claro, más allá de que la experiencia nos ha preparado para pasar situaciones de parálisis como estas -cada vez más abajo, cada vez más pobres, cada vez más tristes- alguien debería explicar esto y ése es el Gobierno, sea este quien sea, porque ahora parece que todos los que estaban en la boleta que resultó ganadora con el 48% de los votos no tienen nada que ver con la administración de la cosa pública nacional.

Los diarios se lo pasan titulando que “Cristina” dice que “el gobierno” tal cosa; que desde “el gobierno” le contestaron tal otra a “La Cámpora” o que “Massa” dice determinadas cosas sobre “el gobierno”.

Si uno aún conservase algo de espíritu juguetón podría agarrar un fibrón y cambiar “Cristina” por “el gobierno”, “La Cámpora” por “el gobierno”, “Massa” por “el gobierno” y le quedarían simpáticos titulares que digan “El Gobierno dice que El Gobierno no está de acuerdo con El Gobierno” o cosas así.

Perdón, me avisan que fibrones no están entrando.

Pásele la uña por encima al papel del diario y listo,

Estamos forzados a ser creativos.

Estamos en un país cuyos habitantes no compran ni venden, excepto lo básico.

Estamos en un país cuyos habitantes tienen dificultades para conseguir combustible, electricidad y hasta papel higiénico.

Estamos en un país que apenas parpadea; el pulso está bajo, muy bajo, inaudible casi.

Estamos en un país en el que minuto a minuto somos más pobres. No es una metáfora. Es literal.

El gobierno no se siente obligado a decir nada, con suerte anuncian que un día de estos habrá anuncios para anunciar anuncios; cada tanto dejan entrever que se especula con que se tomarán algunas medidas o que quizás no se tomen, pero que seguramente esas medidas serán muy restrictivas o más o menos restrictivas o lo más probable es que sean casi nada restrictivas y que quizás se informen mañana a la mañana, o a la tarde, o quizás pasado mañana después de la reunión donde no se reunirá nadie y no se dirá nada de lo que se habló porque además mirá si la Excelentísima se entera que alguien se enteró de que se reunieron, se pone loca -bueh- y entonces sale a decir que es una fake news total decir que se hayan reunido para hablar de lo que se dijo que se reunieron para hablar, pero resulta que es la única manera que tenemos de enterarnos que al final se reunieron y se van a reunir de ahora en más todos los miércoles y se reunieron un miércoles y nunca más así que la reunión de los miércoles pasó a ser una reunión de miércoles.

O no.

Porque no sabemos.

Y nadie dice nada.

Ninguna autoridad cree que merezcamos saber de qué se trata.

Ese es el respeto que nos tienen.

Están jugando con nosotros.

Se suben a sus autos blindados (que son nuestros), a sus helicópteros (que son nuestros), a sus aviones (que son nuestros), nos dejan para pagar la factura por el combustible y se van.

En la concepción de poder de estos marrulleros, que sepamos o no de qué se trata es algo menor que no merece ni el mínimo de su atención.

Y así se va apagando la vida de la república, lento, pasito a pasito, suave, suavecito.

Mientras tanto, Portón Verde y música nerviosa, eso siempre garpa.

El Portón Verde nos anuncia que hay gente en Olivos que seguramente está decidiendo cosas que serán fundamentales en nuestras vidas; gente hablando vaya uno a saber de qué y habría que ver si están presentes o no los amigos de Fabiola, si es que Fabiola sigue estando porque los chismes vuelan incluso en el segmento amoroso, y claro que está mal regirse por chismes, pero qué hacemos si a la ¿vos, eras? Cerrutti se le da por clasificar las preguntas con su consolador en la mano y si no le gusta lo que preguntás te pone carita de mala, onda “Rebelde way” y, si contesta, lo más probable es que sea una mentira, una media verdad o una catarata de palabras que no lleva a ningún lado, y para eso le pagan y, además, para eso le pagamos un servicio de comunicación que la sigue a todos lados para que conteste preguntas del público en Instagram, una Moria Casán sin gracia; una Susana Giménez sin glamour, una gordita del Banco de Galicia sin Banco de Galicia.

Mientras tanto, el país se desvanece, se esfuma.

El cuerpo social apenas responde, respira leve, muy leve.

Y esto empeora.

La enorme irresponsabilidad de la Excelentísima que no habla porque no se le canta, encerrada en sus problemas de jefa de una asociación ilícita, no merece una línea de ninguna de las asociaciones empresariales o dirigenciales del país.

Al Círculo Rojo le importa un pepino la institucionalidad, mientras la de ellos esté. Resulta que la de ellos ahora corre peligro de no estar, justamente, porque nunca les importó la transparencia.

Pero ya es tarde, muchachos.

El miedo que siempre le tuvieron al peronismo en funciones se les vino en contra, tanto chito la boca, ahora a llorar a la llorería.

Nadie dice nada porque, junto con el Estado, son los dueños de la otra mitad de la pauta.

¿De verdad el círculo rojo cree que no sabemos que es responsable de la lenta muerte de esto que está dejando de ser un país?

El 80 % de las empresas que encuestó la UIA, de un total de 205, cree que deberá parar su producción dentro de los próximos dos meses por falta de insumos.

¿Cómo llegamos a esto?

Hoy que la UIA llora desconsolada, ¿se puso a pensar cuánto contribuyó para que esto ocurra?; ¿qué dijo cuando había que hablar?

Cuando la pareja de Fabiola, en pleno reinado soberbio sentenciaba: “Prefiero tener 10% más de pobres y no 100.000 muertos en la Argentina por coronavirus. Los que plantean el dilema entre salud y economía están diciendo algo falso. Sé que tengo que preservar a la pequeña y mediana empresa y a las grandes también”, ¿por qué no usaron los enormes recursos con que cuentan para decir “no”?

¿Cuántos de esos empresarios hicieron campaña por SúperAlberto?

¿Cuántos denunciaron el autoritarismo?  

¿Hubo comunicado de la UIA sobre los desmanejos del gobierno?

¿O el miedo a la inspección integral de la AFIP pesó más?

¡Cómo les gustan los gobiernos en donde no corren riesgos de aparecer en cuadernos delictuales!

Cuando en el 2019, durante el gobierno anterior, se cerró el acuerdo de Asociación Estratégica con la Unión Europea que pretendía abrir los mercados del mundo para el país, ¿qué hicieron?

Entre otras cosas, una reunión en octubre del ’19 con la ex diputada Fernanda Vallejos -la que habló de la maldición de que el país tuviera alimentos para exportar- para “rechazar el Tratado de Libre Comercio entre Mercosur y la Unión Europea y advertir las asimetrías en las partes”.

Ahí estuvieron la ENAC (Empresarios Nacionales para el Desarrollo Argentino), la UIA (Unión Industriales Argentinos), la CILFA (Cámara Industrial de Laboratorios Farmacéuticos), el inefable Conicet, la CTA, y hasta la Federación Agraria, entre otros.

Sí, una incitación al suicidio de la que ahora no se hacen cargo.

Finalmente, el tratado sigue sin entrar en vigencia, no sólo porque la pareja de Fabiola en campaña criticó el acuerdo -aunque después, como es costumbre, cambió de opinión-, sino por reparos puestos por los europeos. Pero lo cierto es que el grueso del empresariado argentino no puso mucho esfuerzo en la idea de competir.

¿Se suicidan los países?

Pensaba que no hasta que vi Venezuela.

¿Se puede suicidar Argentina?

¿Por qué lo haría?

Por idiota.

Bajo la potente luz blanca del quirófano se ve bien.

El paciente está grave, gravísimo.

Sin embargo, algunos órganos vitales todavía responden.

Es casi un milagro después de tantas pastillas envenenadas que voluntariamente fuimos tragando, año a año.

Como ocurre en estos casos, los médicos buscan entre los frasquitos los venenos que ha tomado el potencial suicida.

Hay todo un botiquín de tarritos de malas creencias que fuimos tragando sin demasiada reflexión.

Está casi vacío el frasquito de la pastilla del resentimiento, revestida en justicia social, en llanto católico, cantando “a desalambrar, a desalambrar” siempre y cuando sea el terreno de otro. Su efecto, devastador en la lógica del progreso, nos ha incitado a una romantización de la pobreza, a la falta de ambiciones o peor aún, a aborrecer el deseo de progresar, como si querer una mejora individual fuera necesariamente en colisión con el bienestar general. Por eso viajar, conocer el mundo, querer vivir en el siglo XXI está mal visto.

Tenés la pastillita Evitista de la limosna que seguimos tomando en cada homenaje póstumo después de 70 años. La condescendencia como virtud; el odio como fuerza motora; la justificación de las listas negras. La necesidad como un derecho, porque el mundo siempre te está debiendo. Si algo tuvo aquella primera dama fue que entendió como nadie que no era el hambre lo que te hacía dependiente, sino la limosna -palabra que la señora decía odiar, pero fue su numen, la piedra sobre la que constituyó su iglesia. Es la limosna la que te condena. ¿Qué libertad vas a defender si no tenés la libertad de comer? Ahí viene el puntero, dará sólo una bolsa de polenta con gorgojo, pero ¿sabés lo que es no tener una bolsa de polenta con gorgojo para comer?

En las ferias del conurbano bonaerense se venden las últimas herramientas usadas.

Es más que un símbolo.

Es el adiós irrevocable a la posibilidad de una changa.

Sin las herramientas ya no sos trabajador, no sos nada.

Las calles, las avenidas, los carteles, los hospitales, los centros deportivos con nombre “Eva Perón” desparramados a lo largo y a lo ancho del país; las miniseries, las obras de teatro, las películas te recuerdan quién te dio la limosna, a quién le debés lo poco que sos. Esa pastilla es pedagógica.

Quedan en el frasco pocas pastillitas antimérito, una idea tan asquerosamente elitista que uno no puede entender cómo gente sensible y se supone, razonable, ha aceptado sin cuestionar. Básicamente te dice que si tenés algún mérito es porque naciste en cuna de oro. Y nada más.

Tu esfuerzo no vale nada.

Estudiar no es necesario, podés entrar a trabajar en el Estado sin haber ido al secundario, considerado barrera y no escalón. Podés cerrar las escuelas, siempre y cuando asegurés que la educación te interesa. Y repartir subsidios y viajes entre los intelectuales y los artistas siempre dispuestos a sonreír a la autoridad, si es peronista.

Se ha tomado mucho la pastilla celeste y blanca nacionalista, la que te lleva a pensar que el mundo está contra nosotros porque como somos -éramos- tan geniales y maravillosos, ¿quién no va a querer jodernos la vida?

Hemos tragado la pastillita de la resignación, qué vas a hacer si siempre fue así, esto no cambia más, mejor búscate una chapa y un nylon para resguardarte, la lluvia no va a parar.

El paciente apenas respira.

Pero -este es el dato- aún respira.

Es el momento último de un lavaje de estómago.

Es el trabajo ineludible del momento.

Es ahora o nunca.

“La verdad es buen veneno pa’ las tripas”, cantaba un muchacho antes de que media ciudad le diera asco.

Perdón por la imagen si está usted desayunando, pero se necesita un vómito feroz de las ideas que fuimos tragando en años.

No es fácil, no es agradable, no es cómodo.

Pero es inapelable.

Todo ese veneno nos trajo hasta acá.

La idea de que el campo es el enemigo; lo de vivir con lo nuestro; lo de que el mérito no importa; lo de hacete amigo del juez; lo de ¿la mía está?; todo ese armado ideológico nos trajo hasta acá.

O lo expulsamos o nos expulsa.

Seamos clásicos: cuando en la película parece que ya todo está perdido, que los malos ganaron y es para siempre, aparece el muchachito, salva el mundo y se queda con la chica.

Nos ha tocado el papel del muchachito.

Para destruir el castillo de la maldad hace falta fuerza, convicción, voluntad, sacrificio y atrevimiento.

Si no nos hierve la sangre en esta circunstancia es porque ya no la tenemos.

El lavaje de estómago es doloroso, quien proponga salir de esto sin calvario, está mintiendo.

El Estado argentino está sobredimensionado, su raquítico esqueleto no puede mantener este monstruo grande que pisa fuerte. Desarmarlo y llevarlo al punto de su eficiencia y sensatez no será nada fácil.

Habrá paros, boicots y algunos mequetrefes hasta propondrán violencia.

Será imposible.

Pero más imposible aún será si todo continúa igual.

Las cosas así como están nos llevan al suicidio.

No está dicha la última palabra.

El destino es nuestro.

Por Osvaldo Bazán, para El Sol

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