¿Qué hago con la seguridad?

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Plata, plomo, balaceras, homicidios, narcotráfico... El gobernador Omar Perotti no le encuentra la salida al laberinto de la inseguridad, a la que prometió combatir y resolver apenas asumió de la mano del eslogan “ahora la paz y el orden”. A las dificultades evidentes que atraviesa la gestión se le suma el nuevo cambio en la cabeza del ministerio, que desconcertó a tropas propias y ajenas. El rafaelino optó primero por un criminólogo como Marcelo Sain y, luego, por un militante como Jorge Lagna. Ahora, delegó la conducción política de la policía en Rubén Rimoldi, un comisario retirado.

Rimoldi estaba a la pesca. En 2015, cuando asumió el socialista Miguel Lifschitz, se vio con el titular de Seguridad de entonces, Maximiliano Pullaro, para ofrecerle sus servicios. Como pergamino para ser premiado, a lo más alto que llegó en su carrera fue la jefatura de la Unidad Regional IV de la policía, con asiento en Casilda, una dependencia intermedia en la escala santafesina. El prestigio en el ejército azul se consigue cuando se conduce la I o la II, cabeceras de las ciudades más grandes. A lo sumo, la VIII, pero no más.

Tras retirarse, Rimoldi dedicó su vida ofrecer sus servicios en diversas entidades y municipios. Si hay una característica que define a la policía es su capacidad para ser operativa, pero no está seteada para planificar en seguridad pública. Esa tarea -indelegable según una mirada progresista del asunto- es para especialistas o dirigentes políticos. 

Con la designación, Perotti termina de revertir un camino que ya había virado. El rafaelino asumió su mandato denunciando la connivencia del Estado con el delito. A Sain le tocó ejecutar ese análisis, romper con una estructura policial sospechada, a grosso modo, de corrupción y vínculo con el narcotráfico. A la política también le cabía su parte, pero el criminólogo se convirtió en un búmeran para el gobernador.

Con el ingreso de Lagna, Perotti comenzó a revisar todo el poder que le había concedido a Sain. El oriundo de Venado Tuerto, que quería ser secretario de Gobierno, terminó como ministro del área más caliente. Un “soldado”, como se autodefine; pero ya no se enfrentaba a las “mafias” de las que hablaba Sain. Ahí se abrió otra época y los peronistas malos y disidentes ya no eran tan malos y disidentes.

Con el nuevo retoque, el tercero en menos de tres años de gestión, Perotti desorientó, afuera y adentro. Es verdad que Rimoldi venía cumpliendo funciones en la Casa Gris, ya que ingresó el 16 de junio como asesor nivel A de la cartera de Gestión Pública, con casi rango de subsecretario. Es decir, en menos de dos meses se convirtió en ministro. Con todo, es un movimiento drástico. Empezó con una mirada que apuntaba a la conducción política de la cuestionada policía para llegar ahora a este punto: lo acusan de entregar las banderas. El cambio resulta llamativo incluso para su entorno, donde hay quienes invitan a distinguir quiénes celebran la asunción de Rimoldi.

Al nuevo funcionario lo aguarda un punto no menor ¿Perotti le entregó el ministerio o solo el cargo de ministro? Si Rimoldi no tiene margen para designar a alguien de su riñón y su confianza al frente de la Secretaría de Seguridad, la novedad será pan para ahora y hambre para mañana. Ni hablar del cargo de Habilitado/a, la persona que maneja la caja del área. Si Perotti pone a una persona de su estima en ese rol, Rimoldi no tendrá margen de maniobra.

 

Mientras tanto, Rosario se sigue superando. Perotti no consultó con el intendente Pablo Javkin el nombramiento de Rimoldi, quien, a priori, no tiene experiencia de trabajo en la ciudad. La situación es grave y compleja en la urbe más grande de la provincia. Desde que Perotti tomó el poder, pasaron diez jefes policiales en la localidad y la cantidad de homicidios, en lo que va de 2022, ascienden a 173, la más alta desde 2013 para un primer semestre.

 Por Pablo FORNERO para Letra P

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