Massita, la última ficción del Gobierno

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No sé si alguna vez comenté acá que me gusta mucho la pintura. Hay otras artes que también pueden dejar a uno con la boca abierta. Por ejemplo, la simulación. ¿No es increíble que Baradel haya logrado convencer a tanta gente de que es un docente? Es un maestro, sí, en el arte del engaño: odia la docencia, la educación, odia delantales y pizarrones; si le sale al encuentro un alumno, llama a la policía. Pero volvamos a la pintura. Esta semana aprecié algunos cuadros que retratan con extraordinaria agudeza la singularidad de la hora. Acaso el más logrado es el de nuestro querido Presidente durmiendo durante la asunción de Petro en Colombia. Los bromistas dijeron que mientras Martin Luther King tenía un sueño, Alberto simplemente tiene sueño. Otra humorista, la vocera Cerruti, sostuvo que la cámara lo captó cuando estaba pestañeando. Yo elijo tomármelo en serio. En la jerga periodística, “dormir” significa no estar enterado de algo. Da la impresión de que Alberto duerme desde hace dos años y ocho meses. Diríamos que esa foto, con los ojos cerrados y la cabeza inclinada sobre el hombro derecho, contiene su mandato, lo define. También se puede pensar que a la ruidosa festichola con la que asumió Massa nada mejor que contraponerle la soporífera ceremonia de Petro. En cualquier caso, le viene bien reponer energías. Que a nadie se le ocurra despertarlo.

Más cuadros. La placa en televisión con el índice de inflación de julio, la más alta en dos décadas, es una composición muy lograda: fondo de pantalla azul y el 7,4% en rojo incendio. Es arte figurativo, porque la luminosidad de la cifra hace reparar en que los precios son insensibles a los denodados esfuerzos del Gobierno por controlarlos. En cambio, Lilita frente a cámaras y micrófonos denunciando por corruptos a cuatro de cada cinco dirigentes de Juntos por el Cambio se inscribe en la escuela abstracta: revolea acusaciones sin dar precisión alguna y sin correr a los tribunales; dice con cuatro años de demora que había negocios turbios entre Monzó y Massa en la Cámara de Diputados, y no se entiende muy bien con qué criterios salva de los fuegos del infierno a otros connotados líderes de la alianza opositora. Lilita, en este caso elijo no tomarte en serio: me hiciste reír mucho.

 
El kirchnerismo en pleno festeja también la gracia.

Otro fresco de época nos presenta en el centro de la imagen al embajador argentino en Caracas, Oscar “Chavecito” Laborde; estrecha la mano del diputado Pedro Carreño mientras este le entrega un documento en el que exige la devolución del avión venezolano-iraní retenido en Ezeiza. Carreño, tropa de choque de Maduro, acaba de calificar a Alberto de “pelele”, “títere” y “jalabolas del imperio”. La secuencia, entonces, sería esta: Alberto designa a Chavecito embajador en Caracas; Carreño insulta a Alberto, y Chavecito, amistoso, le abre de par en par a Carreño las puertas de la embajada. ¿Reacción de Alberto? Googleó “jalabolas”.

Todo muy coherente, porque la cancillería argentina extendió esta semana a Venezuela, Cuba y Nicaragua el certificado de democracias castas y puras. Qué injusto: con el esfuerzo que hacen los tres regímenes para ser reconocidos como auténticas dictaduras.

 
Ahora volvamos a la simulación, disciplina que tan bien se da en la cultura argentina. Massita hace como que es ministro de Economía cuando en realidad quiere ser percibido como jefe de Gabinete o incluso presidente; y hace como que tiene un plan de estabilización cuando ya van quedando pocas dudas de que solo se propone administrar la crisis, retrasar la cuenta regresiva del estallido. Marina Dal Poggetto, sondeada para ser viceministra, demostró saber una bocha de economía y ser una improvisada en materia política: le propuso un severo programa de ajuste a un tipo cuya preocupación es ser candidato el año que viene. Marina, que sea la última vez que confundís a Sergio con Shimon Peres.

Si Massa tuviera ante sí dos puertas, una que conduce a un caudal de votos, y la otra, al caudal de dólares que necesita la economía argentina, ya se sabe cuál de las dos abriría por puro instinto. Ay, qué furcio el mío: desde cuándo a Massita no le interesan los dólares.

Alberto, sin mayores destrezas, simula que ayuda a su ministro estrella mientras teje las telarañas con las que busca enredarlo; antes se procrastinaba a sí mismo: ahora hace delivery. Cristina intenta hacernos creer que le ha dado a Massa libertad de acción, que le soltó las riendas, y todos sospechamos que apenas le dejó un jardín con dos hamacas, un tobogán y un arenero, cercado por rejas que terminan en filosas cuchillas; el nuevo corralito. Es decir, Massa está lejos de poder plantearse el célebre dilema de Hamlet: to be or not to be. Ser o no ser resulta, para él, una quimera. Apenas le permiten y se permite parecer.

Es el gran protagonista de la última ficción del Gobierno. ß

Por Carlos M. Reymundo Roberts para La Nación

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