Sergio Massa está contra las cuerdas por la alarmante escasez de dólares

ECONOMÍA Por Alcadio Oña
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Es público y notorio, ya, que el kirchnerismo enfrenta problemas serios con la realidad. 

Y también que le cuesta cada vez más encontrar relatos digeribles, al menos medianamente creíbles, para explicar sacudones económicos que resultan a todas luces evidentes y en los cuales tiene arte y parte.

Ha dicho estos días Mercedes Marcó del Pont, la ex jefa de la AFIP devenida en secretaria de Asuntos Estratégicos: “No hay ajuste, sino una desaceleración en el crecimiento real del gasto para converger hacia las metas planteadas con el Fondo Monetario”. Un verdadero galimatías.

En realidad, Marcó del Pont apeló a un discurso técnico, tirando a farragoso, para encubrir algo tan pero tan parecido a un ajuste que le cabe redonda la palabra ajuste.

Bien concreta, la desaceleración se llama guadañazo a los subsidios energéticos y saque a las tarifas de la electricidad y el gas, más recortes, entre otros, a los gastos en educación, salud y obras públicas.

El tamaño del ajuste en marcha

Y eso de converger hacia las metas planteadas con el Fondo Monetario implica un apretón fiscal de $ 530.000 millones, equivalentes a unos 3.840 millones de dólares al tipo de cambio oficial. Sin rodeos y puesto en plata, así es el golpe que habrá de aquí a fin de año.

Otra medida del ajuste gira alrededor de una escasez de dólares cada vez más apremiante, en medio de una interminable e ineficaz cadena de cepos. Viene empujada por reservas netas del Banco Central, las efectivamente disponibles, que de caída en caída han terminado por debajo de cero.

“Están color rojo profundo”, cuenta un especialista que suelta una estimación fuerte a condición de que no sea publicada. Otro: “No llegan ni a 1.000 millones de dólares. Andan en unos 650 millones”.

Sólo para ponerlas en un marco apropiado, vale relacionar esas magnitudes con los US$ 8.210 millones que representaron las importaciones de julio registradas por el INDEC, incluso con los US$ 2.281 millones de las harto imprescindibles compras de gas natural, de gas natural licuado y de gas oil.

¿Y eso que quiere decir, además de lo que dicen los propios números?, le preguntó Clarín a un hombre que pasó por varios gobiernos y que se mueve en el mundo de la economía real.

Respuesta: “Quiere decir, primero, que estamos al borde del abismo y que vamos para más cepos y mayores restricciones a las importaciones. También, que sufrirán más de lo que ya sufren actividades productivas y servicios muy dependientes de insumos del exterior, como la industria, el comercio, la minería, el petróleo y el gas”.

Sigue: “Quiere decir, luego, que muy probablemente el Banco Central haya empezado a meter mano en los encajes de los depósitos en dólares y, de seguido, que esté tapando los agujeros a medida que entran exportaciones. Al fin, el dinero es siempre fungible y más fungible cuando la necesidad manda”.

Semejante estrechez ocurre a contramano de exportaciones abundantes como muy pocas veces o nunca, sobre todo las que genera el complejo oleaginoso-cerealero y, más precisamente, la soja y sus derivados.

Dólares que el BCRA ve pasar de largo

Ese sector dejó US$ 25.697 millones entre enero y agosto, un récord histórico que le pasó por encima al récord previo, el de los muy recientes US$ 23.224 millones de enero-agosto del año pasado.

Estamos hablando de una parva de divisas próxima a los 50.000 millones de dólares en menos de dos temporadas. Y del contraste con la nada misma que de eso fue a las reservas del BCRA.

Parientes directos de la urgencia y del desorden son los incentivos del tipo dólar-soja que ensayan de apuro en el ministerio a cargo de Sergio Massa, apuntándole a las arriba de 20 millones de toneladas que los productores mantienen retenidos en silos bolsa. Según el sistema en danza, el Central podría llegar a pagar $ 200 por cada dólar- soja que ingresa y venderles los suyos a los importadores a $ 140.

Pero nada garantiza que, aún a pérdida, la movida vaya a coronar las aspiraciones de Massa: no hay un solo mes, dentro de la larga serie estadística de las cámaras agroindustriales, en que se hubiesen liquidado exportaciones por US$ 5.000 millones, como el ministro de Economía pretende que ocurra y precisa que ocurra. Lo más parecido fueron los 4.200 millones del último mayo.

En el todo vale por un puñado de dólares también corre una gestión ante el FMI por US$ 1.300 millones, que la Argentina podría recibir de una nueva línea de crédito del organismo. El problema es que la plata recién estaría disponible entrado 2023, y a condición de que el país esté al día con las metas del actual acuerdo.

Más de ese tembladeral es una movida que se le atribuye a los bancos, por lo menos a los grandes. Dicen fuentes del mercado sobre el punto: “Desde hace tiempo vienen haciendo stocks para evitar que algún faltante técnico repentino los deje expuestos frente a sus clientes”. Expuestos quiere decir, para el caso, sofocones con los depósitos en dólares.

Otra, de una especie semejante, cuenta que en el círculo cercano a Massa están prohibidas las declaraciones y el uso de la palabra devaluación. Claro que la consigna no evita que la brecha entre el dólar oficial y los paralelos, instalada cómodamente en la zona del 100%, alimente maniobras y especulaciones que le pegan directo a las reservas del Central. Comenzando por las importaciones.

En tren de relatos inciertos, aunque de un palo diferente, otro dice que pronto la portavoz Gabriela Cerruti tendrá la chance de mejorar la pobre performance que desempeñó con el índice de precios de julio: “Hay una sensación de estabilización en muchos temas”, dijo adelantándose al indigesto 7,4% que el INDEC difundió al rato.

Debería esmerarse, pues por lo que se sabe el IPC de agosto pinta para un 6% largo y para acumular, así, un incremento cercano al 60% desde enero. Esto da casi el doble contra el 32,3% del mismo período de 2021 o, si se prefiere, da que en promedio los precios se han casi duplicado de un año para el otro.

Nada hay allí que se asemeje a una sensación de estabilidad, sino todo lo contrario.

Inflación rumbo al 100%

Hay, eso sí, que las consultoras hacen juego con una inflación que arranca al 90% anual, avanza hasta el 94,7% y cierra en 97,8%. “Ningún riesgo de espiralización ni de híper”, afirman los analistas, solo que navegar en la zona del 90-100% es lo más parecido a ir en un barco a la deriva.

Por de pronto, durante la actual era K ya tenemos acumuladas hasta fines de julio una trepada del 197% en el índice de precios general y otra 209%, en el costo de los alimentos. Previsible de punta a punta, no hay salario que pueda competir contra semejante aluvión.

Datos de fuentes cercanas al propio kirchnerismo revelan que, entre 2017 y 2021 y sobre todo en 2020-2021, el ingreso de los asalariados cayó un 22% real, o sea, descontada la inflación. Obviamente, el cuadro ha empeorado en 2022.

Y si los sueldos no paran de perder contra la inflación, ya por goleada, no por pura casualidad también sufre el empleo, aunque no de un modo parejo.

Bien del Estado K, crece la ocupación en el sector público, incluso por encima del aumento de la población, y bien del mundo de la precariedad, vuela el cuentapropismo. Cae, en cambio, el empleo privado: en 12 actividades sobre 15, según el relevamiento de una consultora de primera línea.

Notoriamente, hay cosas de la realidad tan cercanas a la vida de la gente que cuesta mucho darlas vuelta, si no se las da vuelta de verdad. Y así, por más empeño que el gobierno ponga no hay relato que valga.

Fuente: clarin

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