Una reina para Argentina

POLÍTICA Por Javier Boher*
Cristina-Kirchner-Reina

La ciencia política es una disciplina joven, pero con un gran pasado. Si bien la reflexión sobre la política y las formas de organización y control del poder se remontan a los inicios de la edad antigua, el uso de métodos y técnicas específicos de lo que cabría llamar “ciencia” es mucho más reciente.

La disciplina tiene múltiples campos, muchos de los cuales son compartidos con otras áreas del conocimiento. A la reflexión en el plano de las ideas sobre todo lo que hace a la política se la comparte con la filosofía política. “Historia de las ideas políticas” le llaman en algunos lados.

En lo que respecta al estudio de la administración pública y la organización de la burocracia se lo comparte con las ciencias de la administración en general. A las campañas electorales, con las ciencias de la comunicación. ¿La relación con la economía? Economía política.

 
En esa gran mezcla de disciplinas y campos que se superponen aparece el estudio de los sistemas políticos. En este espacio confluyen muchas disciplinas, pero es probablemente el área de estudio más propio de la ciencia política, porque implica entender cómo se organizan políticamente las sociedades, pero tratando de entender el porqué.

Acá hay historia, hay derecho, hay filosofía. No se pueden separar los modelos políticos de sus procesos históricos, que definen a su vez una idiosincrasia para cada pueblo y unos reglamentos que se van ajustando a cada cambio. No se puede entender a los sistemas políticos al margen de la historia y la sociedad.

Toda esta extensa introducción tiene que ver con la noticia que ayer acaparó la atención del mundo, el fallecimiento de la Reina Isabel II. El Reino Unido es, sin lugar a dudas, la cuna de la democracia moderna, por encima del mucho más marketinero modelo francés.

Unos y otros dieron distintas formas a sus democracias, pero los británicos siempre fueron más pragmáticos. Guardaron lo que funcionaba y lo fueron corrigiendo a medida que dejaba de hacerlo. Es el modelo del reformismo permanente, que evita que las olas de emoción condicionen fuertemente lo que debe ser un gobierno conducido por la mesura.

El parlamentarismo es su principal rasgo, que supo evolucionar por más de 300 años hasta superar al poder Real. Hoy la realeza, aunque cuestionada, sobrevive como algo más que un símbolo nacional. Es un bastión identitario que, además, funciona como un seguro para resolver los problemas que puedan surgir del funcionamiento del parlamento, preservando los valores democráticos y republicanos que evitan el caos.

Ese es el principal argumento del Movimiento Monárquico Argentino, un colectivo político que brega por la adopción de un modelo parlamentario con un Rey o Reina como Jefe de Estado. A su entender, los vaivenes políticos del país podrían ser resueltos si se adoptara una figura respetada para ejercer ese lugar simbólico que una a los argentinos ante una eventual crisis del gobierno.

Sus sueños son un tanto desmesurados. No se puede olvidar que este país ha idolatrado a personajes de una vida personal de dudosa calidad, como Maradona o Monzón, discutiendo a otros mucho más rectos, como Messi o Ginóbili.

¿Hay alguna forma de elegir un Rey o Reina en un país en el que cualquier presidencia se convierte en una grieta? Sería prácticamente imposible, como también sería una tarea titánica el ponerle verdaderos límites a alguien ungido con la corona y su tapado de carpincho.

Dos de cada diez argentinos seguramente estarán fascinados de que la vicepresidenta se convirtiera en Reina, especialmente por su nombre casi aristocrático, Elisabet. Ella misma se sentiría feliz de poder visitar a sus pares europeos y compartir eventos con lo más alto de la sociedad mundial, aunque lógicamente sería para ellos algo tan exótico como algún rey africano con túnica colorida.

A los del otro lado de la grieta les encantaría hojear el HOLA y ver que Juliana Awada se convirtió en reina. Se desharían de elogios hacia ella, que siempre está dispuesta a posar como toda la gente de ese tipo de revistas, haciendo de cuenta que efectivamente mete la pala en la huerta o poda las plantas.

Los que bien podrían ser la Familia Real en este país son los Cafiero. Son miles de ellos viviendo del Estado, sin poner nunca el lomo y explotando un poco de la facha que le gusta a la gente. Siempre va a haber alguno poco agraciado para las fotos, pero eso es normal entre las familias de sangre azul.

Ahora, si nos vamos a poner en un modelo más o menos berreta como lo que podríamos esperar acá, habría que pensar en una versión low-cost de lo que fue la unión de Raniero III de Mónaco y Grace Kelly. Fernando Galmarini y Moria Casán podrían unirse en sagrado matrimonio para convertirse en un símbolo de la Argentina en una ceremonia realizada en la Basílica de Luján, con choripán bombón y canapé de morcilla para sorprender con algo étnico a los reyes y reinas que vengan a visitar a una nueva monarquía que sale a comerse el mundo.

Seguramente todos los que sueñan con una monarquía argentina creen que tendría el glamour de las cortes europeas, pero seguramente su funcionamiento se terminaría pareciendo al de Nepal: en 2001 el príncipe heredero mató a sus padres y a otros miembros de su familia, se disparó a sí mismo, fue coronado mientras estaba en coma y murió un par de días después. Porque no hay sistema político que pueda funcionar en el vacío, al margen de lo que dicta la sociedad que debe ser gobernada.

*Para Diario Alfil

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